martes, 24 de noviembre de 2015

La obligada compañia del corredor en círculos. Mountain Of My Misgiving

24 de noviembre de 2015



Thomas Mann no permitió que sus masivos diarios fueran publicados hasta veinte años después de su muerte. La expectación con que se revelaron se transformó en incredulidad primero y yo creo que en hilaridad con el tiempo. Resulta que el monumental señor anotaba y describía con menos precisión la convulsa Europa que se desangraba en dos guerras que sus descargas seminales o sus deposiciones. Para mí resulta perfectamente comprensible: una persona que se toma tan en serio a sí misma ve en su vida y actos —y deposiciones— no ya el reflejo sino la causa de todo. Tampoco podemos exigir perspectiva histórica a alguien resuelto a que algo tan banal como escribir se convierta una tarea mortalmente seria. Sobre todo si cree formar parte de la misma historia. La peana no suele sentir —ni se le pide— admiración por la estatua que sostiene. La idea de que los actos diminutos o cotidianos puedan ser admirables o monstruosos o que, sencillamente, no haya ninguna otra cosa, constituye toda literatura. Los viajes de Ulises terminan cuando ve a su perro y don Quijote se muere en su cama.


Me gustaría cincelar paisajes morales y extraer conclusiones heroicas de mis trotamientos, pero consigno que al final el lavavajillas no estaba estropeado, que yo no tenía ninguna caries y que he corrido —por fin y al tercer día— media hora. Los cabrones de Ikea, eso sí, siguen sin dar señales de vida.







La obligada compañía del corredor en círculos. A good man is hard to find

23 de noviembre de 2015 



Siguen sin acabar la obra y el lavavajillas, que ya teníamos y que se supone no hacía falta cambiar, se une a la fiesta e inunda la cocina. Perdemos cuatro cero en casa contra el Barça y mañana tengo hora en el dentista. Dentro de una semana es mi cumpleaños. Luego está lo del dinero. Mi dinero. Me pareció verlo dentro del bar, bronceado y delgadito, muerto de risa. Ni me saludó.

No sé qué pulsión impele a competir a la gente entre sí. Yo salgo a correr contra estas pequeñas puñetas, estos contratiempos enanos.






domingo, 22 de noviembre de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. De amore o Educatio principis

22 de noviembre de 2015

Cambio de cocina con gran jaleo de escombro e interminable cabalgata de fulanos negligentes o fantasmagóricos. Yo creo que esto de las obras es ya un género literario. Mantengo una relación con los operarios —fontaneros, técnicos, electricistas, albañiles…— que resulta en todo similar al amor cortés. Yo sería el caballero que, paseando nervioso por adarves y barbacanas, espera —y obtiene— desdenes y silencios del fementido montador —por ejemplo— que, con su desnuda cabeza puesta en otros amores y castillos me desprecia y se muestra inalcanzable. En estos requiebros se pasa el mes y por eso no he salido a dar brincos —o esa disculpa me pongo­—: Por las bellaquerías de tan degrasdecidos braços que aguardo quexoso y congoxoso. Luego querrán su galardón. Los hijos de puta.

Nota gimnástica: Corro muy poco, pero sudo. Lo que, a un grado bajo cero, no es poca cosa.

Nota consistorial: El Ayuntamiento de León ha cambiado levemente de uno estúpido a uno estúpido pero un poco más activo, lo que ya ha provocado más de una y más de dos tumoraciones urbanísticas. Como una rotonda del diámetro de una rueda de camión y la entrada a un aparcamiento más grande y alta que el aparcamiento mismo.


Nota fluvial: Al volver de mi recorrido norte-sur cambio de orilla y me veo obligado a dar la vuelta porque están torturando y propiciando otra angina al Bernesga que ya sólo tiene en parte de su recorrido por la capital una única —llamémosla así— manga. Si lo encogen un poco más lo pueden meter en una tubería. Véase nota consistorial.







domingo, 18 de octubre de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. El Buda de la rivera



18 de octubre de 2015

Me sale un discípulo. Iba a decir seguidor, pero no: seguidores no tengo. Soy yo el que va a la cola de todo el mundo. Hoy me dejan atrás a gran velocidad —o me lo parece a mí— cuatro jóvenes. Al menos iban en apretado silencio. Me fastidia cuando me adelantan mientras charlan despreocupadamente. Temo que un día lo hagan al tiempo que toman un café y leen el periódico.

Que me ha salido un próselito o catecúmeno, digo. Me pregunta cosas. Que qué tiene que hacer para empezar a correr. No hago chistes ni le disuado —como estaban imaginando—. Le coloco en cambio mi libro —compren mi libro— y le aconsejo las simplezas de estos casos. Ir despacio, lesionarse, comer poco y cenar más poco que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago… bueno, eso no es mío. Pero como no es una gran anécdota, necesitaba palabras más suculentas.

No hay gimnasia mala. Aunque a veces me pregunto si con estos meneos nos estamos proporcionando narcóticos o beneficios que deberían sernos más bien otorgados por los demás. No puedo dejar de pensar que esto de estar bien todo el rato o darle al cuerpo lo que pide es un acto de egoísmo. Una manera de decir: no os necesito, tengo este vehículo nuevo (como explicaba el majara de Mishima*) que me colma y acompaña.


*My body became to me like a fashionable sports car for its proud owner.









miércoles, 14 de octubre de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Se cierra el círculo



7 de octubre de 2015



“I’m no yokel. I was all the way to Miami once”.

Lawrence Kasdan. Body Heat. 1981



Beber para hacer a la gente interesante, que decía Hemingway. O correr para no correr; lo que tiene la misma lógica que darse prisa para no tenerla.

Aparecen en estos días cerca de casa no una, sino dos mujeres muertas. Una en el punto exacto donde doy la vuelta para volver en el circuito de verano y otra todavía más cerca de mi portal. Contando a la occisa Isabel Carrasco véase entrada del 15 de mayo de 2013 ya van tres cadáveres bajo mis huellas. Conozco a la nueva comisaria que lleva estos casos. Los resuelve muy bien, como Jessica Fletcher o la señorita Marple, pero, al igual que ocurre con las detectives meticonas, la cosa empieza a parecer ya mucha coincidencia. Claro que también mi amistad con la jefa de policía y la proximidad de las fallecidas a mi domicilio me convierte, según la lógica de las películas, en el principal sospechoso.



14 de octubre de 2015



Es inevitable que la necedad de la política y sus ejecutantes empape a todo tiempo y arte, así que, alejado de literatura y plástica, leo las consejas sobre corredores cuarentones que salen en todas partes —en efecto, las dos cosas: consejas y cuarentones—. No entiendo cómo mi libro no es todavía obligatorio en los colegios. Me suelen dar la razón sobre zapatillas: —que se puede ir con las de casa—, ritmos, endorfinas, pulsaciones y vida eterna en general, pero difiero en su obstinación afirmando que: "correr media hora es un ejercicio suave" y, sobre todo, en que "no debe practicarse por estética". ¡Cómo se atreven! TODO debería hacerse por estética.








sábado, 3 de octubre de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Avanzan enmascarados



2 de octubre de 2015

De repente tengo la impresión de que todo el mundo está preparando algo, que son más cautos y sensatos que yo. Que planifican, proyectan y recogen. Noto que una especie de nieve —simbólica— se licúa y riega los frutos de las personas mientras que la mía se acumula en el techo esperando hundirme la casa y apagarme el fuego. La gente se me asemeja a la hormiga del cuento: conforme, apercibida, adaptada. No digo que sean unas taimadas comadrejas, no. Sólo que me lo parecen.


Quizá se debe a que la temperatura baja, el aliento toma cuerpo, las sombras avanzan y, en la orilla del río, van —vamos— quedando los solitarios corredores de invierno. Los que hacen que parezca que estoy inmóvil o que corro hacia atrás, con enorme peso en los pies, como en los sueños.





martes, 29 de septiembre de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Clockwise redemption



28 y 29 de septiembre de 2015




No sé por qué llamo a estos textos entradas si en realidad son salidas —jo, jo, jo—. Por lo que veo —veinticinco días sin correr nada— mis lapsos son cada vez más abiertos. Para compensar este verano vultuoso que se marcha despacito salgo dos días seguidos. El primero corro poco y el segundo —por puro coraje— un poco más. En estas dos jornadas he perdido dos kilos. Si continúo así dentro de un mes habré perdido treinta y pesaré sesenta. Lo que una modelo extremadamente obesa.

Cosas buenas y malas de correr y no comer ni beber:

Lo bueno:

· La ropa no sólo te entra sino que te sienta bien. Como no hay que comprar —nuevas— prendas de gordo, uno ahorra.
· Una mayor lucidez.
· Sensación de control.
· Se dispone de mucho más tiempo: los bares son jefes exigentes y las resacas, amantes insaciables.

Lo malo:

· Una mayor lucidez.


Nota médica. Me fui a graduar la vista. Me diagnostican unas gafas. Pregunto qué pasa si no las adquiero. Que vería peor que con ellas. Es cierto. Al correr percibo ahora mis objetivos todavía más lejanos. No las adquiero. Séptimo —u octavo, ya no me acuerdo— signo del carcamal: la vista nublada o fosca y la reluctancia a la ortopedia.


Me asombra el buen humor que muestro en estas entradas (o salidas). El ambiente de estupidez —local, cultural, nacional, político, territorial, literario, informativo, plástico y hasta locomotor y logístico— resulta ahora mismo sólido, vestido enteramente, ancho, navegable... y me afecta. Se pasará, supongo.

















martes, 25 de agosto de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. El mar



25 de agosto de 2015



Cosas normales. La Luna crece, empieza la Liga —empatamos a cero en el Molinón. Cojonudo, Floren—, tomo whiskies, me baño en el océano… Voy y vengo del pueblo por motivos… Corro en León y mi salmo responsorial es la superficie. No hay nada más en esta cucaña a la que me encaramo cada vez con más apuros —hoy he de apelar a toda mi voluntad para hacer veinte escuetos minutos—: sólo la efigie. Trato de encontrar —sin conseguirlo— una cita de Keith Richards. Venía a explicar que uno podía tener las asaduras hechas puré de morcilla por la heroína, pero con un buen bronceado todo el mundo te iba a decir que tenías un aspecto espléndido. Eso. El aspecto.

El que trabaja las tierras de uno de mis vecinos —en el pueblo, aparte de mi lejano Gatsby que se llama Tarsicio, los vecinos no son personas: son tierras de labranza— viene a poner el riego en la tierra de al lado. Los Pajaritos, como llaman al fino y vertical dispositivo de aluminio que, conectado al canal de Payuelos en su fase I escupe en alto agua a los cultivos. Muy bonito de ver. Es… refrescante —Dios me perdone—. Coincido, como digo con él en la cancela y le invito a pasar y tomar una cerveza. Yo no tomo nada. Antes de entrar me alaba el coche —ahora tengo un coche tremendo— y, ya dentro de la finca, en el portalón donde dejo unas bisagras que acabo de comprar para intentar hacer una estantería charlamos un rato sobre sus maíces —los usa para dar de comer al ganado—, sobre que no se me ve en el bar del pueblo y sobre lo curiosa que tengo la hierba y los setos. Bien. El hombre saca pues tres conclusiones erróneas:


Sobre el coche: que soy rico y próspero.


Sobre el césped y las bisagras: que soy hábil y trabajador.


Sobre la cerveza y el bar: que no bebo.



Moraleja: todas las apariencias inducen al error. Pero no tenemos más referencia, así que vivimos perpetuamente equivocados.


Por supuesto, después de enredar hora y media y sudar en vano, no consigo hacer nada con las putas bisagras, que guardo en una habitación de herramientas junto a otros muchos dormidos utensilios que me han olvidado hace tiempo.





viernes, 14 de agosto de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Mi vida en el mundo de los objetos



13 de agosto de 2015



Vuelvo a León y, después de dos meses y medio, corro lo mismo que la última vez: veinticinco minutos a paso de montura. Lo que me pasma: creí que me desplomaría cerca del portal de mi domicilio. Setenta y tres jornadas tonta y gratuitamente atroces, lo que atribuyo a la brutal transición de pasar a exponerme al brillo diurno y al aire libre veinticinco minutos al día —con suerte— a once horas ininterrumpidas. Estas semanas, que lleno desembozando, repintando, reparando, retirando, rasurando, roturando, arrancando, amontonando y blasfemando a una temperatura media de veinticinco grados, me provocan serias alucinaciones. Estoy hablando de mi enjabelgado sepulcro, de mi cárcel horizontal, de mi achabolada metáfora: la finca del pueblo, naturalmente. Al igual que mi propio cuerpo, este íngrato ámbito exige constantes cuidados, imperceptibles al ojo humano. Por lo menos al mío. Si mimo uno, descuido el otro. Y, sobre todo, abandono MI OBRA ya que sólo escribo sin propósito —y sin cobrar— cuando salgo a correr. Así que no hay RELATO DE VERANO.

Todos los relatos de verano  —antes los periódicos incluían relatos de verano. Ahora no sé— vestían el mismo esquema. Debía ser obligatorio. Este:

1) Descripción minuciosa de algún recuerdo de infancia —playero fluvial o montañoso— con mucha reverberación sofocada llena de sinestésicas sensaciones táctiles, auditivas y visuales de un niño —que imagino con enormes orejas— asistiendo a alguna

2) Humillación sexual o intelectiva en localización estival: pajar, granero, tómbola, caballitos, cala, ría, embarcadero o apartamento en multipropiedad que conduce ineluctablemente al

3) Sacrificio arbitrario de algún bicho: es abandonado el perro de la familia, se atropella al periquito, una tortuga es volteada, se tortura a un urogallo o lo que sea: pero tiene que quedar muy claro que, después de este feroz episodio, el mocoso ha quedado impregnado por entero —y ya para siempre— en crueldad y egoísmo hasta las —desaforadas— orejas.

FIN


De todas formas, creo que la culpa de estas achicharradas literaturas —por llamarlas de algún modo— es de El extranjero y la errónea digestión —por estos autores— de sus playas, cisternas y deslumbradas calorinas. Por no hablar de Rulfo, el realismo mágico, —cocido en siestas a treinta y tres grados a la sombra— o de la iluminación inferida a esclarecidas cabezas anglosajonas por volcanes, sáharas o cualquier masa de agua o canto rodado bajo el desnudo sol de otra latitud.

Puedo colmar la expectativa de verbosas y anacrónicas desdichas narrando cómo me hago extraer una muela, harto de su extravagante comportamiento. Razón esta por la que troto en la capital en vez de seguir con mis silvestres, deshidratantes y despellejadas, aunque inmóviles, aventuras en el agro. De verdad. Hace dos días. Una buena, además: un segundo molar. Vale más un diente que un diamante, decía Cervantes. Y un implante más que ambas piedras. Consulten tarifas.


Por si alguien dudaba todavía acerca de si la luz es una onda y una partícula.





Otra quemada instantánea de Villa Modorra. Hacía tiempo que no ponía santos.
Foto: Eva Díez Robles.








lunes, 1 de junio de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Leviatán



1 de junio de 2015







Yo conozco tus obras: que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

Porque tú dices: soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. 



Apocalipsis 3:15-16-17





Hala. Dos días seguidos dando tumbos. Sobrecompensando fuerte. Estoy de muy mal humor —y en una bajísima forma; supongo que ambos estados se influyen entre sí—. Quizá sean los resultados de las elecciones municipales y autonómicas: ligerísima inclinación hacia otras formaciones distintas a las —negligentes y codiciosas— de toda la vida. Nos piden los dientes para masticarnos las cosas y los usan para mordernos. Pero la gente no parece darse cuenta. Sigue habiendo un treinta y pico por ciento de abstención. No formo parte de jurados, no doy clase, no doy consejos. Porque no me gusta que cometan jurados, clases o consejos contra mí. Aunque quizá me vendría bien. Aunque quizá me haga falta. Aunque quizá lo esté pidiendo. Quizá no. Debería dejar de mirarme el ombligo —o de tratar de que esté más más para adentro—. Igual me hago estas teatrales preguntas porque a veces me siento un hombre encerrado en el cuerpo de… un señor.







La obligada compañia del corredor en círculos. Running on empty



31 de mayo de 2015



Siempre me resultó sugerente este título. Cualquier traducción de running on empty resulta, de forma inevitable, mermada. En primer lugar es una frase hecha; y su único mérito es el literal: corriendo en —o con el depósito— vacío. El ‘no me queda más’ o ‘lo he dado todo’ es tontorrón. Running on empty. Mejor.

Debería haber salido a dar brincos hace quince días —un hombre no corre con sus muñecas—, pero dilato la bobada hasta hoy, domingo, en el que me sorprendo diciendo a un conocido que corre por los niños con cáncer —solicitándome una colaboración— que los niños con cáncer deberían darme dinero a mí. Sin solución de continuidad, a otra persona que me pide que evalúe o pondere unas preguntas que ha redactado su hija para un trabajo universitario… prácticamente le recomiendo que la dedique a la prostitución.

Salgo, como digo, a las nueve de la noche, con luna llena, veintipico grados de temperatura y luz diurna, a correr. Y corro poco y mal. De hecho me vuelvo a tropezar —esta vez con el pie izquierdo— en una piedra similar cerca de donde me di la hostia hace un mes y medio. Pero no me caigo. No me da la gana. Luego, en la curva maléfica donde todo confluye, me descubro riendo a carcajadas pensando que todo —todo— lo que veo y vivo desaparecerá. Y que así debe ser. Ignoro de dónde procede este satánico dramatismo que me posee de vez en cuando. Debe ser el calor.









jueves, 7 de mayo de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. El hombre con rayos equis en todas partes



4 de mayo de 2015


Sigo sin correr ni hacer nada. Echo de menos hasta pasar la aspiradora. Ya no llevo cabestrillo, sino venda compresiva. Es tan compresiva que me deja acostarme con otras vendas sin enfadarse. Jaimitesco chiste que coloco para redimirme y prevenir ulteriores ataques poético-cretinos.



La obligada compañía del corredor en círculos. Si te dicen que caí



21 de abril de 2015




Accedo al río de la manera más inverosímil —¡Por el McDonald’s!— Me yergo al lado del pretil de piedra que domina el río antes del Puente de los Leones. Con la cabeza desnuda, una cerveza, el brazo derecho en cabestrillo y una americana de paño veo pasar a los torpes corredores a los que que envidio y me invade una sensación de… estupidez. Estos complementos, atardeceres y atalayas, junto con la indigestión de cine y
—mala— literatura me podría convertir en… no quiero pensarlo. Debo volver a dar brincos cuanto antes.











miércoles, 15 de abril de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Pasos hacia el cielo



15 de abril de 2014

· Octavo día de convalecencia. Acierto otra vez mi diagnóstico —es un esguince: lo confirman cuatro horas de centro ambulatorio y sus preceptivas placas radiográficas— y revivo, esta vez con la muñeca derecha, los capítulos V y siguientes de mi libro (La obligada compañía del corredor en círculos. Ernesto Rodera 2013 Ed. MenosLobos. Disponible en www.amazon.es. Cómprenlo de una puta vez).


·
En un excepcional  —incluso para León— alarde de pesimismo me dan hora en el traumatólogo el día veinte de mayo. Dentro de más de un mes. Espero sinceramente saludarle con un firme apretón de manos.


· Debería sentirme orgulloso de haber adquirido yo solo velocidad suficiente para darme tal guarrazo. Otros en semejante propósito utilizan un automóvil o, por lo menos, una bicicleta. Esta atlética petulancia resulta muy disminuida por el menesteroso aspecto de El Lute —brazo en cabestrillo, cojera, excoriaciones en el pómulo, cara de pena…— que ofrezco estos días.


·
Confirmo que soy un diestro estricto y que utilizo la mano muchísimo, para casi todo.


·
En estos dos últimos años he hecho tres exposiciones de pintura, he escrito un libro, he participado semanalmente en dos programas de radio y he publicado a diario en nueve periódicos. También me he hecho un esguince de rodilla y otro de muñeca, he sido mordido por una víbora, me he levantado la uña del dedo gordo del pie derecho y he tenido tres o cuatro gripes. No he aprendido nada, he ganado poquísimo dinero y estoy en similar forma física que cuando empecé a correr.


·
Debo viajar más: el otro día estuve en Ponferrada y me pareció lejana y exótica.


·
Aprovecho este obligado parón en mis sucesivas huidas para encontrarme a mí mismo; me encuentro en efecto. Me asusto un poco. Me saludo y me despido educadamente.



· Sueño que corro. Que corro con las manos. Lo digo con el asombro que el estar despiertos nos causa a los muy vagos.





No es tan romántico precisamente como el retrato de Apollinaire herido, pero vale para dar pena.





martes, 7 de abril de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. La gata Flora sobre el tejado de zinc



6 de abril de 2015






“The drink made past happy things contemporary with the present, as if they were still going on, contemporary even with the future as if they were about to happen again.”


F. Scott Fitzgerald, Tender is the Night.



“La bebida convierte las cosas buenas del pasado en contemporáneas del presente; como si estuvieran ocurriendo todavía. Contemporáneas incluso del futuro: como a punto de volver a ocurrir.”

Suave es la noche.
F. Scott Fitzgerald.





Nos comunicamos con símbolos. Los símbolos son útiles. Los símbolos son necesarios. Pero son peligrosos. Las señales de tráfico son eficaces y funcionales a los lados de la carretera, pero contraindicadas o mortíferas si se ponen en el medio de ella. Se podría decir lo mismo de los idiomas. Todo este sígnico preámbulo viene a cuento ­—nunca mejor dicho— del fin de la Semana Santa, donde santos y cristos estorban y ensordecen literalmente las calles y de que, a pesar de no ser muy aficionado a reliquias y animismos, me ha pasado una cosa preocupante: he pedido —y obtenido— la desgracia. No quería salir a correr, no quería empezar a pintar, no me quería demasiado a mí mismo, así que soluciono todo a la vez cuando, a los ocho minutos de andar por el río dando saltos, tropiezo en una piedra, me pego una hostia tremenda y me incapacito. Elocuentemente me duelen mucho la muñeca y la pierna derecha: herramientas y, al mismo tiempo, alegorías de lo que andaba buscando: la constatación de que la inmovilidad es imposible y el afán por no hacer nada, contraproducente. Pero sobre todo me jode empezar a creer que merezco lo que me pasa, y no por la carga judeocristiana de culpa eterna y expiación imposible —la de toda la vida, vaya— sino por ansia de ser acusado, juez, jurado y verdugo de mí mismo y de aplicarme castigos simbólicos. Me cago en todo.

¿Que cómo escribo o dibujo? Con gran dificultad y dolores. Ni mejora ni empeora el resultado. Me dan ganas de darme. Otra vez.




martes, 24 de marzo de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Agitprop



23 de marzo de 2015



Domingo por la mañana. No corro. Lo dejo para después. Con el propósito de salir de mi autoexclusión y aislamiento —y por conciencia cívica— acudo a una manifestación. La primera de mi vida. No familiarizado con los protocolos y coreografías de estos actos me parece corta, fatigosa —hay que andar despacito—, de muy breve estrépito y, en suma, civilizadísima. Acabamos todos, según parece, pidiéndole explicaciones a la Catedral de León, que escucha pacientemente dos delirantes manifiestos sobre La Dignidad, Las Raíces, La Mujer y hasta sobre Mayakovsky. No se dice nada, en cambio, de la pasta que las dos maléficas empresas —era una manifestación 2x1— contra las que habíamos hecho la romería debían —y deben— a sus empleados.


Entre las tres mil personas que pululamos la protesta no se encontraba, es curioso, ni uno solo de los gobernantes actuales, aunque sí muchos de los que aspiran a serlo en un futuro. Quizá los prebostes reales estaban contemplando y alentando la media maratón que se precipitaba esa misma mañana por —evidentemente— otro recorrido. Los corredores de medias maratones urbanas no piden nada ni citan a futuristas rusos: incluso pagan por participar.









La obligada compañía del corredor en círculos. Solipsismo


19 de marzo de 2015



Después de medio mes, salgo en la ciudad demediada y hago la mitad de mi recorrido. Noto que han pintado una parte del paseo del río la zona noble o septentrional: siempre hacen lo mismo—. La última vez asfaltaron dos de los cuatro carriles de la Corredera: la calle por la que —como exige su nombre— bajo trotando al río.

Hay quien dice que hace estas cosas (correr, doblarse, trepar…) para poner en orden sus pensamientos. Quizá por eso corro tan poco: mis escasos pensamientos se ordenan enseguida. Cada vez me parezco más al
—cómico— personaje que describe la canción Autosuficiencia —copia y parodia del No Feelings de los Sex Pistols—. Por la mañana hago una hora de coche de ida y otra de vuelta para ir yo solo a ver una exposición individual mía. Y para venderme como una prostituta borracha. Pero eso es otro tema. Por la tarde, como digo, corro.
Menos de lo que debiera.






sábado, 7 de marzo de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Pasión oral



5 de marzo de 2015

El silencio tiene buena fama. Hablar es débil. Callado uno tiene razón. El silencio resulta masculino, mineral. Grave. Envidio, como Tony Soprano, al héroe taciturno y reservado. Así que últimamente, entre una cosa y otra —locuciones, radios, fiestas, promociones…—, no hago más que largar. Y ya me resulto bastante irritante sin decir nada. Quizá, utilizando una frase hecha, se me va la fuerza por la boca. Eso debe ser. Corriendo me parece que no tengo pulmones y que solo uso el aire contenido en el tracto que va desde el paladar hasta las clavículas.

Coloco las frases hechas en el lugar de las consejas, las anécdotas y los refranes: la pereza, el encono y el desperdicio. Es una pena que expresiones brillantes sean asesinadas debido a su uso inmoderado —o el uso a secas de cantautores que, sencillamente, las encadenan—. Sintagmas como chivo expiatorio o cabeza de turco ya no significan nada, pero el otro día dieron lugar a que un periodista de aquí manufacturase la expresión cabeza de chivo. No sé si San Facundo es el patrón de los parlanchines. Debería. El mártir de elocuente nombre, recordemos, era de León: de la zona del río Cea.





lunes, 2 de marzo de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. El extraño






2 de marzo de 2015


No sé con quién salgo a correr. Tardo en resolverme porque obligarme a hacer ejercicio es tan sencillo como meter a un gato en un incendio: prefiero cualquier otra actividad o ninguna. Pero una vez que llego a las orillas del Bernesga ya no sé, repito, con quién estoy. Cuando llevo veinte minutos trotando y dando saltitos un individuo dentro de mi cabeza que, decididamente, no soy yo dice ‘¡Vamos!’ y ‘¡Venga!’ y hasta sonríe y suda y se esfuerza y se lo pasa en grande.

Cerca de San Marcos un pato sale del río y recorremos juntos un trecho. Quizá lo haya conjurado y sea mi otro yo o animal tótem: después de todo los patos hacen muchas cosas. Pero solo son especialistas en que los confiten.




La obligada compañía del corredor en círculos. Baja presión




26 de febrero de 2015

Bien, pues, después de un mes haciendo el cretino, para mí el invierno de nuestro descontento y la Navidad de 2014 termina este jueves 26 de febrero de 2015. El cielo, ceñudo, se apoderó de la tierra y nieves, heladas pavorosas y otros embozos y coartadas me han retenido lejos del Bernesga. Algo quizá tuviera que ver con las amontonadas resacas me debía decir que el agua es el único líquido recomendable cuando un día me llevé juntos para leer en la cama Moby Dick, Solaris y Relato de un naúfrago [que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre]. Escribo estas líneas con el juicio lleno de oceános, norays, estachas y cabrestantes y rodeado por más noticias naúticas de escorrentías, pleamares, aluviones y crecidas. En efecto, el río viene muy alto y marrón y produce insólitos ruidos marineros.


Creo que mi cuerpo no es un compañero, es una pandilla: con su listo, su musculines, su gordo, su calvo, su chino y su borrachín más o menos pelmazo.


Resoluciones: he decidido poner guiones en vez de paréntesis. Es más elegante, da más vivacidad al texto e incluso parece que estoy diciendo algo.











viernes, 30 de enero de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Met versus Emet




27 de enero de 2015


Sol de invierno. Hierba parda y barro negro. Aún así, después de la fiebre, la nieve escuálida y la niebla el mundo de día tiene un aspecto azul, brillante y achampañado.


Como no quiero pecar de monótono debería aclarar que estas notas, aunque no lo parezca, son pululadas al menos por dos personajes: yo y otro. Igual que don Quijote y Sancho Panza; y no por lo enteco de uno y lo amplio de otro (que también). El dramatis personae de aquí es breve: yo y mi cuerpo; y viceversa. Uno es listo, reflexivo y moderado. El otro es continuo, egoista y salvaje (como los niños de Baudelaire).


No ha habido grandes novedades en la literatura en los últimos cinco mil años. Siempre se narraron las proezas reales o imaginadas de un titán o chalado cualquiera (desde Gilgamesh), pero la radical novedad del Quijote (venga, voy a explicarlo) es que esa vez sus actividades empiezan a dialogarse. El héroe tiene un espejo ya no en el lector, sino en la propia obra. Cualquiera diría leyendo estas notas que solo hay un muñeco, pero no: hay más y hablan entre sí y y se cambian los papeles como en la novela de Cervantes. Uno asimila la inmovilidad con la sabiduria y la justicia con la lentitud. El otro no asimila una mierda y no quiere hacer nada o lo quiere hacer todo a la vez. Como digo, a veces es el cuerpo o cáscara el que manda y exige y otras veces (las que estoy callado) es la mente, la parte intelectual… la que no hace tanto el idiota o lo hace de otro modo.


Imaginemos que la parte racional y flaca de mi persona (la que sea) corre una hora, se flexiona cien veces, sube los siete pisos corriendo… y, llena de testosterona, adrenalina, cortisol y endorfinas se pone muy contenta. ¿Qué le apetece al otro señor, el abotargado y parlanchín? ¿Investigar las mitocondrias? No. Quiere emborracharse. Y comerse una tarta entera. Y ver el fútbol.



La serenidad y el equilibrio no consiste en que estos dos sujetos se lleven bien, sino que sean uno solo y no se disocien. Y que, una vez  sean uno solo… me dejen en paz. Vaya, ya he vuelto a hacerlo.





martes, 20 de enero de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. Una habitación propia


14 de enero de 2015




A veces me asombra mi determinación. Elijo ser desgraciado un rato (odio correr) para que elementos concretos (el catorce de enero, el miércoles, el frío, yo mismo) no me reduzcan y, ¿consigo sumergirme un poco en la laguna Estigia, la vida eterna? No. Caigo enfermo otra vez. A partir de ahora si no digo nada se supone que estoy enfermo. Es mi estado normal. Creo que la dicotomía entre tratar al cuerpo como a un templo o degradarlo como a un parque de atracciones no funciona. Que, como en todo, hay términos medios, una gama de grises. ¿Qué establecimiento compartiría las características de un templo y un parque de atracciones? Uno en el que uno vaya a recogerse y a establecer contacto con un ser más o menos divino (según el precio) y que asimismo posea una expectativa de regocijo ilimitado. Un prostíbulo. Exacto. Mi cuerpo no es un santuario ni una feria. Es una casa de putas. Nunca me he sentido cómodo en esos hostiles y agranujados recintos. Quizá por eso me pongo malo.








martes, 13 de enero de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. De lo nítido y lo borroso



12 de enero de 2015



Persisten la glacial niebla (sobre la que debería, supongo, moldear difuminados comentarios) y los noventa kilos. Los kilitos de más que se cogen en Navidad. En español tendemos a usar los diminutivos para cometer anterior o posterior pero inmediatamente una atrocidad. Tráigame un cocido para once personas y una ensaladita. Estuve tomando cervecitas hasta las nueve y media de la mañana. Pues eso: además de un gordinflas soy un cliché, un lugar común, una idea recibida.





La obligada compañía del corredor en círculos. Noche de Reyes



5 de enero de 2015

Periódicamente la ciudad de León huele a estiércol. No me refiero a los olores metafóricos de olla podrida en La Regenta. Digo que huele literalmente a bosta (o cucho, que dirían en Vetusta). Así que, entre la niebla que parece transportar o sostener esos mefíticos efluvios y envuelto en la oscuridad, voy renqueando al río donde no me extrañaría encontrarme con Jack el Destripador ordeñando una vaca. Bajo esa febril sugestión y yendo hacia el Puente de los Leones oigo lo que creo son disparos*. Es, claro, el estrépito de la asimismo delirante cabalgata de los Reyes Magos.




*¿Qué? No sería tan raro. Véase entrada del día 15 de mayo de 2014.



 

sábado, 3 de enero de 2015

La obligada compañia del corredor en círculos. Nuevas aventuras concéntricas de



3 de enero de 2015


Nochebuena, fin de año… No siempre el amor tiene la exacta respiración que el matrimonio, la muerte tiene un recorrido muchísimo mayor que la vida y la Navidad ciertamente no dura lo mismo que el invierno. Tras años de romance con estas … fechas noto por primera vez que me dan exactamente igual. No las he tomado asco. Uno odia más lo que ha amado en algún momento y siempre he sentido por ellas (sigo hablando de las Navidades) un pasmo abstracto, una esperanza. Siempre defraudada. Como por el verano, las drogas o la vida adulta.


Salgo de noche cerrada después de un día luminoso y templado. Frío despellejante. Después de mi convalecencia y las fiestas vuelvo a los noventa kilos. Es una costumbre que tengo.