miércoles, 24 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Ego trip


22 de septiembre de 2014


Dialécticas. Apocalípticos e integrados. Bandos. En España, como señaló Freud, que era un poco psicólogo, tendemos al fanatismo. Me noto esa pulsión, que atribuyo a la vagancia. El pensamiento perezoso taxonomiza rápidamente: bueno / malo. Conveniente / inconveniente. Bello / horrible. Esto, claro, no tiene nada que ver con la realidad. Aunque se suele dividir entre platónicos (tendentes a la generalización) y aristotélicos (que gustan de la diferencia y la individualidad), los dos estaban de acuerdo en muchas cosas. Por ejemplo y sobre lo que nos toca: tanto Platón como Aristóteles eran partidarios de la educación física y los dos, enemigos del tipo de vida llevado por los atletas profesionales, a los que veían sobrealimentados y somnolientos (República y Ética a Nicómaco, respectivamente). Me explico: como no quiero llegar (otra vez) a una inauguración mía hinchado como un odre, llevo casi un mes sin comer ni beber. La eterna pelea entre Dioniso y Apolo, entre Joe Strummer y Chicote (me parezco a uno u otro según mi comportamiento)… Las riberas del Bernesga están ahora llenas de árboles y vegetación. Lo que me hace pensar también en dimorfismos urbanos, en la cristalización de las ciudades en sistemas diferentes; hay ciudades carnívoras y herbívoras. León es sin duda una ciudad herbívora. Vacuna, incluso.











sábado, 20 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. El ayuno de los campeones



19 de septiembre de 2014

La mejor manera de evitar la ingesta compulsiva de alimentos es evitando ingerir alimentos de forma compulsiva. Esto puede parecer una obvia sandez, pero así se explica una y otra vez en manuales, revistas, blogs, suplementos o programas televisivos cuyas admoniciones para perder peso o, por lo menos, no ganar más, siempre terminan con la frase ya no epifánica sino pentecostal evitar la ingesta compulsiva de alimentos. El título del artículo o reportaje (que unas veces va entre interrogaciones y otras no) puede ser ‘En forma durmiendo mucho’, ‘Adelgace follando todo el rato’, ‘Pierda peso comiendo poquito noventa y tres veces al día’, ‘ Las calorías y mirar la Luna los meses con erre..’. pero el final del mensaje (o el mensaje completo) siempre es el mismo: estas operaciones conducen a evitar la ingesta compulsiva de alimentos. Todo, repito, nos conduce a la ingesta compulsiva de alimentos: dejar de fumar, tener un jefe idiota, hacer mucho ejercicio, no hacer nada de ejercicio, enfrentarse a un oso, huir de un oso, reunirse con el oso…

Evidentemente se rellena menos espacio y no se llama tanto la atención escribiendo que los comportamientos compulsivos (con ingesta o sin ella) son perfectamente evitables, pero hay que encontrarse sosegado y hasta ufano. Lo sé por dos motivos: he escrito contenidos para publicaciones y he estado nervioso antes. ¿Cómo eliminar el riesgo de herirse mientras uno hace malabares con tres motosierras en marcha encima de la cabeza? ¿Poniéndose un casco? ¿Prestando mucha atención? Elimine las motosierras (y los malabares) de la ecuación. Hop. Magia. Y duerma, haga el amor y mire la Luna lo que le plazca.

Si parezco molesto o vehemente es porque hoy he tratado de correr treinta o cuarenta minutos; he hecho mi recorrido standard, he seguido otros dos kilómetros… y luego he mirado el reloj: veintiuno. Dan ganas de ingerir compulsivamente alimentos. Me cago en mi puta calavera.










jueves, 18 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Más allá del Corcos



7 de septiembre de 2014




Vuelvo al macadán de la Fase I del Canal de Payuelos. Para los nuevos: significa que (al fin) corro un poco por los alrededores de mi mansión Villahibieresca. No he salido de mi dacha penitenciaria, comportándome como una mosca en un tarro, en todo el verano. Me paro cada poco abrumado por el catálogo de cielos crepusculares. Que van del azul Velázquez al cárdeno Vermeer, de los lavados lilas de Monet al algodón sucio de de Kooning, por el color rojo de la tierra y por el paisaje en general compuesto de árboles y otras cosas. Me paro cada poco también porque me falta el resuello. Debería poner las entradas agroatléticas en tinta verde oscuro.
























La obligada compañía del corredor en círculos. September Song



4 de septiembre de 2014

Continúa la temperatura amniótica y oceánica. Estoy en una forma horrible. El verano tóxico sigue pasándome recibos.








La obligada compañuía del corredor en círculos. One Hundred Leotardos



2 de septiembre de 2014

En la ciudad. Alejado de fritos y tabernas, con temperatura de pecera, por las mañanas me remojo en amenas cisternas, y trisco a la tarde en la arena que arde en la verde ribera. Que por la mañanas voy a la piscina y por la tarde, corro por la orilla del río. Joder, qué bueno hace.

Me temo lo peor.






domingo, 14 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. El retrato de Dorian Graceland



1 de septiembre de 2014


Se acabó el tratar a mi cuerpo como a un parque infantil. Hora de echar arena en los meados, grasa en los columpios e instalar caucho sobre la brea. Control de daños después de este tiempo de espumosos desayunos, espumosas comidas y espumosas cenas: corro veinte minutos al lado de un arbolado y casi desconocido Bernesga.


Hay dos soberbias de las que carezco (todas las demás las tengo hipertrofiadas y hasta considero una falta de educación que se me trate como si fuera una persona normal): la literaria y la atlética. Puedo alejarme con facilidad de ambas. De hecho lo hago. Dos meses y mucho. Vuelvo a la literatura con estas notas que puedo titular Qué hice en verano. Las añadiría a clásicos como La vaca, Mi gata Doris, Un día de lluvia, Una mirada a alguna cosa o La memoria de no sé qué. Trataré de no poner estival ni canícula.


FAUNA


Todos los años vuelvo, con el buen tiempo, a mi bohío anteriormente comparado con Tara, Pequeña Reata, La Zona de Stalker y Graceland (aconsejo una relectura de mi libro) aunque esta vez parecía empeñado en asimilarse más bien al Hotel Overlook, ámbito que también volvió loco a su habitante. Mis nervios están conectados a la finca como Dorian Grey a su retrato o espejo. Nadie parece comprenderlo; así, cuando contemplo (por ejemplo) un nido de cigüeñas blancas de trescientos kilos desplomado sobre el cable de la luz que alimenta la casa… siento física, literalmente, trastornos en mi propio sistema linfático y su equilibrio osmolar.

Izo de nuevo el cable y hago derribar el altísimo chopo muerto para evitar que sustente un nuevo (y precario) ponedero. Ahora, claro, echo de menos a las cigüeñas.

Restablecida la normalidad me dejan un perro nueve días. Los paso mirando para el animal. Rápidamente se hace tan territorial, atrabiliario y desconfiado como yo. Le atosigo preguntándole cada poco si se siente triste o dichoso... para darme cuenta luego de que persigo mi propio rabo, haciéndome esas preguntas a mí mismo.


Podría terminar el capítulo zoológico contando que me muerde una culebrilla (los posteriores facultativos aseguran que era una víbora, pero me parece hiperbólico llamar así a un reptil tan pequeñín). Justo en el pulgar oponible de la mano derecha. Dedo del que abusaba desde mi arribo a Yoknapatwpha.


FLORA


Termino de rapar absolutamente todo y me quedo exhausto mas insatisfecho; en cierta manera victorioso, pero desolado. Como Alejandro*. Los visitantes veteranos coinciden en afirmar que el terreno parece más grande. No lo parece. Lo es. Calculo mi salvaje trasquilamiento. Le he ganado al menos cien metros cuadrados a los dos mil de área paseable (o navegable, en mi caso, por la cantidad de cerveza ingerida). Pero ni corro ni escribo. Vuelvo a estas vanidades concretas: me dan igual marcas y tiempos y sé una cosa: todo lo publicado está impreso en ego sobre blanco.


*No me refiero a Alejandro, el guerrero macedonio, conquistador del mundo conocido. Sino a Alejandro Cartujo, un amigo de la mili que suspendió por muy poco las oposiciones a bombero.



PRIMAVERA

Hago obra con mi contratista de cabecera Bush Jr. el Decidor y su silencioso hermano. Vastas cantidades de cemento son preparadas con mi hormigonera de la que me siento discreta y casi sexualmente orgulloso, tanto de su tamaño como de su rendimiento. La relación establecida entre el albañil y yo acerca de mis herramientas es de sorda rivalidad. Así, él testa e incluso mejora las que puede utilizar o manejar (monta mis bicicletas, me encuentra en el garaje una bomba de aire, que él llama de viento, pone cinta en los mangos de picos y azadas, desacredita mi sierra radial…) y yo uso, sin querer, su curiosidad en mi beneficio. Un día comento a los dos hermanos que no consigo desmontar un grifo, fuertemente apretado con estopa, que gotea. Se trata de sujetarlo a la vez con una llave inglesa y una llave de grifa y liberarlo de su rosca. Lo intentan, como yo, con mis chismes, de tamaño standard. Sin conseguirlo. Completamente picados aparecen por la tarde con unos utensilios idénticos a los míos pero de tamaño ciclópico, descomunal, como los que utilizarían los payasos de un circo y bajo los que, por supuesto, el grifo cede inmediatamente.

Se me dice que no compre material en un determinado almacén del que no voy a decir el nombre (BricoDepot) por la deficiente calidad de sus productos. Acudo enseguida y compro muchos kilos de nutritivo sustrato y quince litros de denso acrílico para fachadas. La tierra resulta ser serrín con periódicos; y la pintura está tan aguada que serviría para limpiar las brochas. Me parece estar aplicando capas de saliva. Gasto los quince litros en cubrir apenas veinte o treinta metros cuadrados con un fino sfumato. La etiqueta, eso sí, no miente en dos circunstancias: pone bien grande que esta pintura concreta es irritante y no define el acabado, que puede ser satinado o mate, según lo que haya debajo.

Ejecutar tales actos, dirigir tales partidas, aspirar tales aromas y saborear tales frutos me dilatan, distraen y traban e impiden que dé brincos. Cosa que he hecho hoy, de vuelta en la metrópoli. Eso es.




Bienvenidos a Stupor Manor, mi casa/prisión. Foto sacada con el móvil. Más que a Graceland, cancela y nubecillas le dan el aspecto de la entrada al Cielo de los dibujos animados.