viernes, 16 de mayo de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. A pleno sol



15 de mayo de 2014


El lunes no bajé al río porque la realidad saltó por los aires con un asesinato en el único lugar del mundo donde nunca podría haber un asesinato. Esta frase, que podría ser el comienzo de una novela (regular) de policías y ladrones, es enteramente cierta.

Este lunes día doce a las cinco de la tarde y en una de las pasarelas del Bernesga cercanas a San Marcos matan de cuatro tiros en la cabeza, por motivos personales, a la presidenta de la Diputación y del Partido Popular de León. La conmoción en toda España es enorme por lo brutal e inesperado del acto, por la (mala) fama de la víctima y porque, en un primer momento, las personas más reaccionarias quieren convertir este homicidio en un crimen político con el que sacar réditos en las urnas (estamos en plena campaña de las elecciones europeas). Intento explicar, trabado por la enorme cantidad de información insensata (ejemplo: se reduce el caudal del río para buscar un revólver que no está allí) por qué hace tres días no salí a correr y hoy no he cambiado mi recorrido. Suelo tratar en estas notas asuntos banales para llegar a conclusiones circunspectas y este forzoso cambio de género y de lógica me está produciendo tendinitis.

Pienso en evitar esa pasarela en concreto para no parecer morboso. Pienso en que evitarla exclusivamente por eso sería igualmente morboso. Voy. No hay multitudes ni cordones policiales ni manchas de sangre ni nada, naturalmente.

Ver durante estos cuatro días en todos los informativos paisajes tan familiares mientras se narran hechos tan fantásticos me hace creerme la fábula de este diario: que todas las personas y todos los actos y todas las cosas se encuentran y ocurren y hablan en los metros del río Bernesga que recorro una y otra vez.






La obligada compañía del corredor en círculos. Tangentes



8 de mayo de 2012

Ya van dos días que bajo a correr con (o me encuentro a) amiguetes. Un día (véase documento gráfico ahí abajo) ya quedo directamente con el fotógrafo con el que me salgo del río (¡dos veces!) a tomar cafés por la zona de la Condesa, sudoroso y rodeado de señoras de media tarde. Es muy entretenido pero dudo enormemente de que me proporcione algún beneficio físico. Podría ser peor. Podría hacerlo yo solo y meterme en chigres a beber cerveza.

Hoy en concreto no me voy del recorrido, pero cuando ya estoy volviendo al trotecito doy con mi colofonista (joder, qué mal suena; es que no hizo el prólogo del libro: escribió el epílogo) vestido levemente de atleta y estorbamos todas las encrucijadas de los puentes hablando de arqueología, de literatura, de fútbol, de lo poco que nos gusta el deporte y, sobre todo, riéndonos de lo menesteroso e improvisado de nuestro equipamiento.

Lo siguiente será, supongo, sacar dinero y una americana, no correr en absoluto y dedicarme a alternar; que es lo que mejor me viene para desembarazar el cráneo de manías y el espíritu de sombras.


Documento gráfico número… no sé. El de hoy. Soy yo saliendo prácticamente de casa y demostrando tres cosas: que es imposible hacerme una foto con los dos pies en el aire (lo siento, Jose), que todas mis camisetas de correr publicitan (o aluden a) bebidas alcohólicas y que se puede trotar y desconfiar a la vez.