miércoles, 17 de diciembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Los cuerpos extraños



17 de diciembre de 2014



Cuando me chuleaba, como Ozymandias, de mi progreso y vigor (¡quién me ozymandaría!) fui fulminado por un virus (ante el que me descubro) más fuerte que yo. Veinte días de enfermedad y celebración posterior de su derrota. Veinte días amortiguados y submarinos. Echaba de menos mis cinco sentidos. Hoy salgo a recuperarlos. Sin demasiado éxito. Aunque gano algo de terreno y no vomito casi nada.

Se acaba el año y menudean los consejos sobre qué se debe hacer. Tarea que a mí me lleva los trescientos sesenta y cinco días. Recuerdo el (único) consejo del norteamericano John Huston sobre la vida en general: no fumar cigarrillos mientras uno tenga neumonía. Esta sola y conclusiva sabiduría sirve también como comportamiento adecuado durante, por ejemplo, las cenas de empresa, ceremonia de tránsito, al parecer, obligada y numerosísima sobre la que llueven las admoniciones. Mis cinco consejos para terminar un año e incluso para empezar otro serían estos:




·
Se recomienda disfrutar de salud. Sin importar lo que digan los demás.

· Ejecute, siempre que pueda, actos beneficiosos en lugar de perjudiciales para usted u otros.

· No cometa genocidio. Aunque se lo pidan con insistencia.

· A ser posible evite, sobre todo, escribir la palabra vivencias.

·
Resulta deseable tener una empresa con la que celebrar cenas.









martes, 9 de diciembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. El hombre que dio una vuelta completa al Sol montado en un planeta



7 de diciembre de 2014



El día uno de diciembre, lunes, después de un escuálido y tutelado cumpleaños (cuarenta y ocho), caigo enfermo. Mocos, náuseas, desorientación, tos productiva e improductiva, calambres, paracetamol, dolor muscular y articular, flemas, fiebre… Imposible superar el perfecto sintagma malestar general.

Toda mi jactanciosa fortaleza derribada por el suelo gracias a un virus singularmente tenaz que me tumba durante ocho días. Debilucho y convaleciente (he llegado a dormir, tembloroso, al lado de media cebolla picada) compruebo que la vida es un exilio en el que sólo se viaja y jamás se regresa. En estas edades algunos hombres se preguntan si han desperdiciado su tiempo y su talento. Algunos. No yo. Yo tengo la certeza absoluta.





La mañana de mi cuadragésimo octavo cumpleaños. Último contacto con el mundo del deporte. Además, falso. A pesar de la memorabilia de alrededor no estamos comentando fiascos de la Cultural y Deportiva Leonesa, sino hablando de porno virtual japonés (en serio). Me encanta la ponderada expresión de Francisco García Nubedocs (a la izquierda, en pelirrojo) que podría traducirse lo mismo por un "lo que sabe este fulano" que por un "qué estará diciendo este anormal".
Foto: Susana Llorente.














jueves, 27 de noviembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Aire




27 de noviembre de 2014

Frío contundente y viento de cara tanto al correr en dirección norte como al correr en dirección sur. Me pasa mucho. Hoy en la esquina rosada no escucho nada destacable. Es una esquina, como digo, geosimpática y singular. Enorme. Donde acaban la Avenida de la Facultad (muy apropiado) y Marqueses de San Isidro, va a morir o empieza la Corredera (oh), da a la plaza de toros y hacen chaflán un bar panorámico y una tienda de motos. También está el que, durante años, fue uno de los dos lugares de León donde se giraba a la indonesia (ciento ochenta grados sin necesidad de dar la vuelta a la rotonda).




Más pronto hablo de Pla, más lo veo en todas partes. Han reencontrado o publicado unos diarios veteranos, de la masía. La otra punta de El cuaderno gris, digamos. Están escritos, como es natural, muy bien y con mucha mala leche. Pero debemos tener cuidado con lo que anotamos: sólo destacan que bebía más de la cuenta y que se la cascaba. El hombre habla de más cosas. Hasta trata turbios asuntos de espionaje y de política internacional. Pero sobre todo sacan lo de empinar el codo. Y lo de las pajas.






Pero un hombre no corre con el hígado. ¿Con qué corre un hombre?










miércoles, 26 de noviembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Carpanta



25 de noviembre de 2014




No suelo, al contrario de otras personas, que parecen estar siempre en lugares donde el ingenio abunda, oír nada memorable. Pero hoy, al volver a casa de dar carreras, la esquina que me proveyó la conversación gastroabusiva hace cuatro días y a la misma hora (la de la voluntariosa niña que quería hacerle la cena a su papá), me proporciona otra: esta vez habla un individuo muy grande contra uno pequeñín y abetunado: El otro día me jalaste media hogaza. Cuando me alejo: Y el chorizo también me lo acabaste. Es una esquina extraña y costumbrista, nada atlética, de un humor perplejo.




La obligada compañía del corredor en círculos. La escapada



23 de noviembre de 2014

Hace años que para mí los domingos se desarrollan estrictamente igual que el resto de las jornadas. Quiero decir que hago lo mismo (muy poco). Aún así siguen siendo días especiales, exangües, sin articulaciones.

Leo el párrafo de arriba y me doy cuenta de que me resulta imposible hablar de los domingos sin sobar un poco el estilo de Pla. De un catedrático que le da clase, y al que supongo provisto de numerosos chalecos, afirma que es muy bonito. Como un conejito recién peinado añade. También escribe de unos minerales dispuestos sobre una mesa que parecen piedras domesticadas.

Un conocido me cuenta su maratón en San Sebastián. Lo innúmero y cariñoso del público (a diferencia de los huraños y ralos espectadores de León, que también conoce). Él posee la contrastada certeza de que se corre más si le animan a uno. Me pregunto sobre mi propia capacidad de sugestión. Nunca he corrido en público (por decirlo de algún modo). Creo que si alguien me jalease de cualquier manera mientras corro me pararía inmediatamente, iría muy despacio hacia esa persona y le preguntaría, concernido, si se encuentra bien.







domingo, 23 de noviembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. La costumbre de los demás



21 de noviembre de 2014

Mañana:

La conversación roma, la mansedumbre de los españoles, el cretino tratamiento informativo de casi todo y el espesísimo fango que nos rodea me enfurece. Y me enfurece enfurecerme: dejarme afectar por la estupidez ajena me parece un defecto que debería haber corregido hace mucho.



Tarde:

Estoy en buena forma, lo que (también) me viene mal: luego lo aprovecho para intoxicarme. Corro casi una hora sin fatiga, y luego hago sprints y flexiones y así. Lo acabo dejando. Me voy a casa. Porque me aburro. Hay un momento en que estoy expiando o redimiendo las cañas y la irritación y las frases hechas y los diferentes lodos de la actualidad mañanera… ¡y lo entiendo todo!: no estoy corriendo con mi cuerpo de hoy (ni de ahora) sino con el de los ayunos y las gimnasias de hace treinta días. Dentro de treinta días haré ejercicio con el recipiente de hoy: el del mal humor y las cervezas gordas y me preguntaré por qué sudo y resoplo y me canso.

Asimismo lo que pienso y escribo y hasta lo que me enfada no es lo que ocurre ahora mismo, sino lo que creen las sinapsis cerebrales que se crearon cuando era bueno o aprendí algo.

Al volver a casa oigo a una niña animando a su madre para que, imagino, ejecute alguna actividad extrafamiliar: Ya le hago yo la cena a papá. Vuelvo a enfadarme (no me cuesta nada, oiga). ¿Por qué cojones somos capaces de posar una sonda encima de un cometa a ciento cincuenta millones de kilómetros pero hay que hacerle la cena a papá? El progreso, como los batracios anuros, avanza a saltos no lineales.










domingo, 16 de noviembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Ya eres un niño grande



16 de noviembre de 2014

Mitad de noviembre. Provincia, oscuridad, frío, lluvia, ¡domingo por la tarde! Salgo a correr ejerciendo un acto de voluntad pura contra mí mismo y, además, contra todos estos factores. Debo impedir que el domingo gane. Si fuera un niño probablemente me hubiera puesto a hacer los deberes.

Vivir la vida. Como si se pudiera vivir otra cosa. Los anuncios navideños empiezan a esparcir sus babas. Estas propagandas se basan en el argumento ontológico de San Anselmo (se enseña o demuestra a priori que la Navidad existe; si la publicidad puede concebir una Navidad es que hay una Navidad, la que ellos describen) o en un pleonasmo en bucle: la felicidad nos es proporcionada por los demás y nosotros debemos retribuirla con objetos, lo que a nuestra vez nos hará felices y se lo volveremos a deber... Veo la publicidad de la publicidad (!) de la Lotería Nacional de España. Este año no apela a la codicia más o menos abstracta, sino al odio, la envidia y, sobre todo, al miedo. El terror a ser pobre, además, en solitario. La atroz circunstancia de que personas conocidas se hagan con algunos bienes y lo menesteroso de tu existencia resulte aún más visible.

El amor en película (ya lo hemos comentado) se filma alrededor de un eje más o menos giratorio; la libertad, en amplios travellings. Con la felicidad la cámara se porta de forma más morosa, acercándose al personaje, que pone cara de bobo. Al final el contraplano es uno mismo. Que vive la vida. Los corredores son muy de vivir la vida. ¿Me siento más vivo corriendo? Me temo que sí. Es terrible. Bueno. Tanto el hombre en éxtasis como el que se ahoga levanta los brazos, dice Kafka.



En esto me ha convertido el capitalismo cleptocrático, el cine norteamericano y los anuncios de turrón: en un bebedor solapado y subrepticio que acude a actos culturales para disimular.




sábado, 15 de noviembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Cracked actor



11 de noviembre de 2014


Termina abruptamente este extraño verano de seis meses, como si la ciudad entera, situada en la espalda de una enorme bestia meridional, se hubiera despertado y reorientado hacia el septentrión de repente: al antiguo, crujiente y tenaz frío. Cambio de equipamiento y de tiempos y distancias. No tiene que ver con la climatología, claro.

Trato aquí de relacionar la disolución de la personalidad con el ejercicio, el ejercicio con la persecución: del consuelo por la inercia y comprender si resulta trágica o reconfortante la imposibilidad de que uno vea su propio rostro. Mi mujer me dice que no tiene ni puta gracia. Ya.

Nos pasamos la vida en sociedad haciendo comedias. Interpretando. Es agotador si uno se molesta. Envidio a la gente que, en público, aparece muda o estupefacta, sin esforzarse en caer bien, en convencer o simpatizar. Los espectadores. Que contemplan.

Nuestra cara, que no distinguimos más que en imágenes o reflejos, es a la vez el logo y el producto. La voz, el cuerpo… ¿es el mensaje? ¿Qué distancia hay entre la realidad y lo que ven? Dice Vonnegut
«somos lo que simulamos ser, así que debemos llevar cuidado con lo que simulamos ser»*. ¿Qué simulo ser dando carreras o pintando o dibujando o dando voces? A mí me parece que un imbécil. Igual estoy llevando a cabo un gran trabajo.



*Kurt Vonnegut. “We are what we pretend to be, so we must be careful what we pretend to be.” — from Mother Night.

El asombroso por lo nulo desgaste de las suelas de mis zapatillas, hoy. Después de dos años y pico.













martes, 11 de noviembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Sopa de pollo para el alma



4 de noviembre de 2014


El correr es… como… la vida, que afirmaría con solemnidad Murakami. Quiero decir con la pendejada que resulta injusto y arbitrario. Permanezco (a ver que lo miro) cinco días sin salir y bebiendo y comiendo normal y me encuentro otra vez blandito. Si hago ejercicio y ni como ni bebo durante cinco días no hay la misma diferencia. Esto es un descompensado sindiós y un descalzaputas (como la vida). Me enfado.

Mientras tanto (quam minimum credula postero) me afano cada día, en efecto, como si fuera el último: con infinito terror a morir, triste por la fugacidad de lo perceptible y arrepentido de haber desperdiciado mi tiempo.

¿He sido hoy más feliz que ayer? Esta pregunta la hacen de verdad en esos tautológicos tests sobre ‘bienestar subjetivo’. No quiero escribir (más) obscenidades pero ¡¿hay algún test sobre bienestar objetivo?! Correr (aparte de ser ingrato como… ejem… la vida) es aburrido. Resulta alarmante que, de todas mis actividades, sea la que tenga más interés. ¿Qué vidas llevan los que escriben autobiografías? ¿Cómo de memorables son sus operaciones cotidianas? ¿Qué valiosos o considerables tratos reflejan en sus volúmenes? Sobre todo, ¿cómo de en serio, y durante cuánto tiempo, debe tomarse uno a sí mismo? Todos estos procedimientos de los que he hablado (correr, divertirme, impostarme, ejercitar un egoísmo aún más energuménico…) se me dan francamente mal.






jueves, 30 de octubre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Mis secretos de belleza



30 de octubre de 2014



Debería hablar de mi dieta e impartir lecciones de cómo se pueden perder cinco kilos (o diez) en dos meses. Pero como todo consiste en quemar más calorías de las ingeridas quedaría un poco lelo.


¿Quiere usted tener un cuerpo como el mío? ¿O como otro cualquiera ya puestos? ¿Tiene suficiente dinero? Pues cómpremelo. Todos tenemos un precio.








La obligada compañía del corredor en círculos. Faster, Pussycat! Kill! Kill!




27 de octubre de 2014


Si llego a saber que este verano iba a durar seis meses hubiera estado de mejor humor estos… seis meses.





La obligada compañía del corredor en círculos. La dudosa vida de las plantas



23 de octubre de 2014



Salgo de noche, en camiseta; y corro más de media hora sin fatigarme. Lo primero será cada vez más común, lo segundo, ay, cada vez más raro y lo tercero… pues tampoco creo que dure mucho. Estamos a finales de octubre y aquí continúo con una inverosímil y mediterránea existencia de cóctel, alterne y terracitas. Muy raro todo. Quizá no tenga un mejor tono físico sino que el frío todavía no me ha hecho la llave Nelson.




jueves, 23 de octubre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Problema de los tipos



20 de octubre de 2014


¿Es un individuo que va a su segunda vivienda un festivo a vaciar la piscina, cortar el césped y lavar el coche un dominguero? Claro. Pero, ¿es ese mismo individuo todos los domingueros? ¿Es un divorciado que compra estanterías y lleva a sus niñas a ver a  un conjunto de giratorios y juveniles cantantes todos los divorciados del mundo? ¿Es un fulano de mediana edad en leotardos corriendo por la ciudad todos los corredores de mediana edad en leotardos que corren por la ciudad que existen y existirán? Si me lo preguntan a mí la respuesta es sí. En efecto. Lo es. Lo son. Lo somos. Absolutamente. ¿Hay algo malo en convertirse en un estereotipo? ¿Es evitable (o, más bien, debería ser evitado)? Creo que ni siquiera es posible. Nada hay más burgués que intentar no parecerlo ni más arquetípico que huir de los arquetipos. Si uno prefiere vaciar el coche, cortar la piscina y lavar el césped entra en otro (igual de estereotipado) paradigma. Más molesto si cabe.





sábado, 18 de octubre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Palabras, palabras, palabras



17 de octubre de 2014


La Real Academia Española (a secas, al ser la primera academia no tiene apellido) saca la vigésimo tercera edición de su Diccionario que admite voces como amigovio (?), pechamen (!) o papichulo (!!) Aparte de las ya usuales (e inadecuadas y grotescas) españolizaciones de términos comerciales. No quiero mirar si han incluido runner. Son muy capaces.






La obligada compañía del corredor en círculos. Les feuilles mortes



14 de octubre de 2014

Corro media hora y podría seguir otra media. Supongo. Pero no lo hago. Porque me aburro. A veces me canso de hacer cosas en solitario. Luego veo que la alternativa es hacerlas con otros, agradando. Y sigo haciéndolas solo. Soy un ser horrible.









domingo, 12 de octubre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. El hombre de hierro



11 de octubre de 2014



Día real. Sábado. Once de octubre. Octubre existe. Los demás meses son más o menos fantasmagóricos. Pero octubre es el tope de gama. El auténtico mes. Sin vacaciones. Sin verano. Sin invierno. Sin hostias. El mes en el que SE TRABAJA y se hacen cosas. Yo no he hecho ninguna. Ni otros. Pero da esa impresión. Octubre es impresionante. Si no has conseguido nada en octubre, no conseguirás nada en el resto del año. No serás NADIE.

Creo que el lunes hay puente otra vez.














viernes, 3 de octubre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Odio



2 de octubre de 2014




Salgo cansado y corro poco tiempo y escasa distancia. Igual porque ayer estuve al sol, nadando y hasta un rato en un baño turco. Es probable que una cosa no lleve a la otra, pero era mi obligación consignarlo. Sobre todo lo del baño turco. Hace (todavía) un tiempo espléndido aunque a veces atravieso glaciales vaharadas de portal, avisos del ser de hielo que emboscado, terrible e inevitable, espera barrernos.

Se da una nueva columna/tipo en los periódicos: la del opinador seborreico sobre las personas corredoras. Estos tribuletes son muy molestados (mucho, enormemente) por la mera existencia de las personas corredoras. No les gusta nada que haya personas corredoras. Les parece un íntimo agravio el simple hecho de la persona corredora. Para justificar esta supuesta agresión, atizada con gran violencia por las personas corredoras, deben inventarse, claro, hechos disparatados: «El otro día estaba en mi casa y treinta y nueve corredores vinieron por el pasillo y me robaron los apliques». O «Viajando en avión estuvimos a punto de zozobrar y ser devorados por tiburones a causa de un corredor que se puso delante del aparato a hacer estiramientos». La vehemente intolerancia hacia las pobres personas que corren por descampados es asimismo disfrazada por apelaciones a las maneras («¡Gaspar Melchor de Jovellanos no corría!») o a la tradición («Nunca vi correr a mis abuelos, que dieron la vida para que pudiéramos merendar sin tasa y permanecer sentados en nuestros sofás»). El perfil del estilita anti-carreras es invariablemente el de un fulano de mediana edad con sobrepeso, fumador y aficionado al fútbol (!) Dios sabe que yo con esto de los brincos estoy muy lejos del proselitismo o la justificación, pero creo (quizá esté errado), que hay cosas mucho peores.



La Luna empieza a crecer. Tampoco viene a cuento, pero me complace la frase, sugerencia de todo.




jueves, 2 de octubre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. El quinto elemento



29 de septiembre de 2014



Insisto: mi sentido del olfato es cada vez más espacioso. Lo que a veces es agradable y a veces (casi siempre), no. Otro encuentro con la esencia. La esencia como extracto de una sustancia aromática. Con el éter sutil y purísimo cuyo movimiento propio, según la filosofía antigua, era el circular (¡anda!). También según la filosofía antigua, de este quinto elemento estaban formados los cuerpos celestes. Mezclando, como estos filósofos antiguos, lo verdadero con el delirio extraigo de la cremallera levemente bajada de una corredora con la que me cruzo el aroma antiguo y entero a moho del gimnasio frío y polvoriento, del chándal de las chicas, del colegio, de la sexualidad leve e imbécil de los doce años…



miércoles, 1 de octubre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Ego trip (y II)



28 de septiembre de 2014

Domingo por la mañana. Día vivo. Rastro. Nubosidad juguetona. Contornos nítidos. Verde radiactivo. Sol escalfado… me fastidia ir corriendo. Yo, que no tengo ninguna prisa. Detente y huele las rosas. De acuerdo. A la vuelta. Lo que me sobra es tiempo.
Esto tiene que ver con el concepto de albedrío. Oh, el albedrío. Y su  relación con el humor, el espacio y, sobre todo, la velocidad. Aunque la gente haga por ignorarlo, nos gustan las cuerdas, estar atados. No hablo ahora de la tribu (es lo que más amamos) sino de todas las jaulas y correas que lamemos e impregnamos con nuestro aroma (por cierto, en esta temporada de depuración me he sorprendido oliendo a cosas de mí mismo como de niño. Efluvios libres de veneno no arrojados, creo, desde la cuna). La madre sana, el dinero en el banco, el coche en el garaje, los dientes sin caries, la cama hecha… Estamos conectados a gran cantidad de objetos y personas y su bienestar o mera existencia nos afecta queramos o no. Mi idea es que la libertad es un fantasma multiforme igual de inaprensible que pueril. Vamos, que la libertad no existe. Además, emponzoñados por el cinematógrafo, la mala literatura, los cantautores y la publicidad, los grandes conceptos suenan ahora a eslogan nacionalista o a anuncio de pañitos higiénicos. De ahí el recurso de ligar la libertad con la aceleración. El individuo (o individua) libre o que abraza (es el verbo) la libertad tripula caballos, botes o descapotables y agita su melena por espacios abiertos. Digresión: los amantes, en este mismo tipo de ficciones, hacen lo contrario. Se muestran unidos y dando vueltas (como yo mismo). Pero no huyen. Están sujetos a un eje. No son lineales sino giratorios; de danzas, carruseles y tiovivos. Fin de la digresión.
La libertad de fantasía (creo, repito, que no hay otra) parece no tener que ver con la masa ni con la dirección, sino con el potencial gravitatorio. Curiosamente, la libertad por antonomasia, la de volar, ahora se ha convertido en una operación consuetudinaria, que elimina enseguida la decisión y nos obliga a un comportamiento de ratones en un laberinto. Tampoco te dejan bajarte donde te apetezca. Libre como un pájaro. Ya.

Ah. Lo conseguí. Reduje a ochenta y cinco kilos (mi masa). En las fotos tomadas en la inauguración del acto para el que quería deshincharme esto resulta inapreciable. Aunque no parezco Chicote, no. Parezco el puto Marlon Brando de Apocalypse Now.




La metamorfosis invisible. Convenientemente disfrazado de artista (o de monstruo de Frankenstein) parece que estoy diciendo: ¿Qué te voy a contar, hija? Esta imagen no salió publicada en ningún sitio, pero está muy graciosa. Foto: Luisa Traseira.













miércoles, 24 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Ego trip


22 de septiembre de 2014


Dialécticas. Apocalípticos e integrados. Bandos. En España, como señaló Freud, que era un poco psicólogo, tendemos al fanatismo. Me noto esa pulsión, que atribuyo a la vagancia. El pensamiento perezoso taxonomiza rápidamente: bueno / malo. Conveniente / inconveniente. Bello / horrible. Esto, claro, no tiene nada que ver con la realidad. Aunque se suele dividir entre platónicos (tendentes a la generalización) y aristotélicos (que gustan de la diferencia y la individualidad), los dos estaban de acuerdo en muchas cosas. Por ejemplo y sobre lo que nos toca: tanto Platón como Aristóteles eran partidarios de la educación física y los dos, enemigos del tipo de vida llevado por los atletas profesionales, a los que veían sobrealimentados y somnolientos (República y Ética a Nicómaco, respectivamente). Me explico: como no quiero llegar (otra vez) a una inauguración mía hinchado como un odre, llevo casi un mes sin comer ni beber. La eterna pelea entre Dioniso y Apolo, entre Joe Strummer y Chicote (me parezco a uno u otro según mi comportamiento)… Las riberas del Bernesga están ahora llenas de árboles y vegetación. Lo que me hace pensar también en dimorfismos urbanos, en la cristalización de las ciudades en sistemas diferentes; hay ciudades carnívoras y herbívoras. León es sin duda una ciudad herbívora. Vacuna, incluso.











sábado, 20 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. El ayuno de los campeones



19 de septiembre de 2014

La mejor manera de evitar la ingesta compulsiva de alimentos es evitando ingerir alimentos de forma compulsiva. Esto puede parecer una obvia sandez, pero así se explica una y otra vez en manuales, revistas, blogs, suplementos o programas televisivos cuyas admoniciones para perder peso o, por lo menos, no ganar más, siempre terminan con la frase ya no epifánica sino pentecostal evitar la ingesta compulsiva de alimentos. El título del artículo o reportaje (que unas veces va entre interrogaciones y otras no) puede ser ‘En forma durmiendo mucho’, ‘Adelgace follando todo el rato’, ‘Pierda peso comiendo poquito noventa y tres veces al día’, ‘ Las calorías y mirar la Luna los meses con erre..’. pero el final del mensaje (o el mensaje completo) siempre es el mismo: estas operaciones conducen a evitar la ingesta compulsiva de alimentos. Todo, repito, nos conduce a la ingesta compulsiva de alimentos: dejar de fumar, tener un jefe idiota, hacer mucho ejercicio, no hacer nada de ejercicio, enfrentarse a un oso, huir de un oso, reunirse con el oso…

Evidentemente se rellena menos espacio y no se llama tanto la atención escribiendo que los comportamientos compulsivos (con ingesta o sin ella) son perfectamente evitables, pero hay que encontrarse sosegado y hasta ufano. Lo sé por dos motivos: he escrito contenidos para publicaciones y he estado nervioso antes. ¿Cómo eliminar el riesgo de herirse mientras uno hace malabares con tres motosierras en marcha encima de la cabeza? ¿Poniéndose un casco? ¿Prestando mucha atención? Elimine las motosierras (y los malabares) de la ecuación. Hop. Magia. Y duerma, haga el amor y mire la Luna lo que le plazca.

Si parezco molesto o vehemente es porque hoy he tratado de correr treinta o cuarenta minutos; he hecho mi recorrido standard, he seguido otros dos kilómetros… y luego he mirado el reloj: veintiuno. Dan ganas de ingerir compulsivamente alimentos. Me cago en mi puta calavera.










jueves, 18 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Más allá del Corcos



7 de septiembre de 2014




Vuelvo al macadán de la Fase I del Canal de Payuelos. Para los nuevos: significa que (al fin) corro un poco por los alrededores de mi mansión Villahibieresca. No he salido de mi dacha penitenciaria, comportándome como una mosca en un tarro, en todo el verano. Me paro cada poco abrumado por el catálogo de cielos crepusculares. Que van del azul Velázquez al cárdeno Vermeer, de los lavados lilas de Monet al algodón sucio de de Kooning, por el color rojo de la tierra y por el paisaje en general compuesto de árboles y otras cosas. Me paro cada poco también porque me falta el resuello. Debería poner las entradas agroatléticas en tinta verde oscuro.
























La obligada compañía del corredor en círculos. September Song



4 de septiembre de 2014

Continúa la temperatura amniótica y oceánica. Estoy en una forma horrible. El verano tóxico sigue pasándome recibos.








La obligada compañuía del corredor en círculos. One Hundred Leotardos



2 de septiembre de 2014

En la ciudad. Alejado de fritos y tabernas, con temperatura de pecera, por las mañanas me remojo en amenas cisternas, y trisco a la tarde en la arena que arde en la verde ribera. Que por la mañanas voy a la piscina y por la tarde, corro por la orilla del río. Joder, qué bueno hace.

Me temo lo peor.






domingo, 14 de septiembre de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. El retrato de Dorian Graceland



1 de septiembre de 2014


Se acabó el tratar a mi cuerpo como a un parque infantil. Hora de echar arena en los meados, grasa en los columpios e instalar caucho sobre la brea. Control de daños después de este tiempo de espumosos desayunos, espumosas comidas y espumosas cenas: corro veinte minutos al lado de un arbolado y casi desconocido Bernesga.


Hay dos soberbias de las que carezco (todas las demás las tengo hipertrofiadas y hasta considero una falta de educación que se me trate como si fuera una persona normal): la literaria y la atlética. Puedo alejarme con facilidad de ambas. De hecho lo hago. Dos meses y mucho. Vuelvo a la literatura con estas notas que puedo titular Qué hice en verano. Las añadiría a clásicos como La vaca, Mi gata Doris, Un día de lluvia, Una mirada a alguna cosa o La memoria de no sé qué. Trataré de no poner estival ni canícula.


FAUNA


Todos los años vuelvo, con el buen tiempo, a mi bohío anteriormente comparado con Tara, Pequeña Reata, La Zona de Stalker y Graceland (aconsejo una relectura de mi libro) aunque esta vez parecía empeñado en asimilarse más bien al Hotel Overlook, ámbito que también volvió loco a su habitante. Mis nervios están conectados a la finca como Dorian Grey a su retrato o espejo. Nadie parece comprenderlo; así, cuando contemplo (por ejemplo) un nido de cigüeñas blancas de trescientos kilos desplomado sobre el cable de la luz que alimenta la casa… siento física, literalmente, trastornos en mi propio sistema linfático y su equilibrio osmolar.

Izo de nuevo el cable y hago derribar el altísimo chopo muerto para evitar que sustente un nuevo (y precario) ponedero. Ahora, claro, echo de menos a las cigüeñas.

Restablecida la normalidad me dejan un perro nueve días. Los paso mirando para el animal. Rápidamente se hace tan territorial, atrabiliario y desconfiado como yo. Le atosigo preguntándole cada poco si se siente triste o dichoso... para darme cuenta luego de que persigo mi propio rabo, haciéndome esas preguntas a mí mismo.


Podría terminar el capítulo zoológico contando que me muerde una culebrilla (los posteriores facultativos aseguran que era una víbora, pero me parece hiperbólico llamar así a un reptil tan pequeñín). Justo en el pulgar oponible de la mano derecha. Dedo del que abusaba desde mi arribo a Yoknapatwpha.


FLORA


Termino de rapar absolutamente todo y me quedo exhausto mas insatisfecho; en cierta manera victorioso, pero desolado. Como Alejandro*. Los visitantes veteranos coinciden en afirmar que el terreno parece más grande. No lo parece. Lo es. Calculo mi salvaje trasquilamiento. Le he ganado al menos cien metros cuadrados a los dos mil de área paseable (o navegable, en mi caso, por la cantidad de cerveza ingerida). Pero ni corro ni escribo. Vuelvo a estas vanidades concretas: me dan igual marcas y tiempos y sé una cosa: todo lo publicado está impreso en ego sobre blanco.


*No me refiero a Alejandro, el guerrero macedonio, conquistador del mundo conocido. Sino a Alejandro Cartujo, un amigo de la mili que suspendió por muy poco las oposiciones a bombero.



PRIMAVERA

Hago obra con mi contratista de cabecera Bush Jr. el Decidor y su silencioso hermano. Vastas cantidades de cemento son preparadas con mi hormigonera de la que me siento discreta y casi sexualmente orgulloso, tanto de su tamaño como de su rendimiento. La relación establecida entre el albañil y yo acerca de mis herramientas es de sorda rivalidad. Así, él testa e incluso mejora las que puede utilizar o manejar (monta mis bicicletas, me encuentra en el garaje una bomba de aire, que él llama de viento, pone cinta en los mangos de picos y azadas, desacredita mi sierra radial…) y yo uso, sin querer, su curiosidad en mi beneficio. Un día comento a los dos hermanos que no consigo desmontar un grifo, fuertemente apretado con estopa, que gotea. Se trata de sujetarlo a la vez con una llave inglesa y una llave de grifa y liberarlo de su rosca. Lo intentan, como yo, con mis chismes, de tamaño standard. Sin conseguirlo. Completamente picados aparecen por la tarde con unos utensilios idénticos a los míos pero de tamaño ciclópico, descomunal, como los que utilizarían los payasos de un circo y bajo los que, por supuesto, el grifo cede inmediatamente.

Se me dice que no compre material en un determinado almacén del que no voy a decir el nombre (BricoDepot) por la deficiente calidad de sus productos. Acudo enseguida y compro muchos kilos de nutritivo sustrato y quince litros de denso acrílico para fachadas. La tierra resulta ser serrín con periódicos; y la pintura está tan aguada que serviría para limpiar las brochas. Me parece estar aplicando capas de saliva. Gasto los quince litros en cubrir apenas veinte o treinta metros cuadrados con un fino sfumato. La etiqueta, eso sí, no miente en dos circunstancias: pone bien grande que esta pintura concreta es irritante y no define el acabado, que puede ser satinado o mate, según lo que haya debajo.

Ejecutar tales actos, dirigir tales partidas, aspirar tales aromas y saborear tales frutos me dilatan, distraen y traban e impiden que dé brincos. Cosa que he hecho hoy, de vuelta en la metrópoli. Eso es.




Bienvenidos a Stupor Manor, mi casa/prisión. Foto sacada con el móvil. Más que a Graceland, cancela y nubecillas le dan el aspecto de la entrada al Cielo de los dibujos animados.










jueves, 12 de junio de 2014

La obligada compañía del corredor en círculos. Sesenta y seis días



12 de junio de 2014



Llevo casi un mes sin correr. Leo en algún sitio del que no quiero acordarme (literalmente en este caso: no quiero) la siguiente aseveración: uno se habitúa (o deshabitúa, supongo) a cualquier cosa si la hace (o deja de hacer) durante sesenta y seis días. No lo creo, mas la cifra y la posibilidad son simpáticas. La cifra por su plástica, porque fue el año en el que nací, porque es simétrica, porque es parecida a la marca de la bestia (666 o, según San Ireneo, 616) o, sobre todo, porque es breve. Bajo esa asunción empecé a dar brincos: si corres cada poco llega un momento (decían) en que te sientes mal si no lo haces. Adoptas un hábito. Como el hábito de sentirme mal tanto si hacía una cosa como si dejaba de hacerla ya lo tenía, lo intenté con esto. Continuaré. La posibilidad (inventada) sigue ahí. Incluso pienso salir a correr sesenta y seis días seguidos. No hoy. No todavía. Ahora hay pueblo y poda y cerveza y verano y Mundial de fútbol, pero las cifras pueden ser arbitrarias y escuetas o simétricas y espaciosas como lo es la de sesenta y seis. Eso reflexionaba Pascal cuando consideraba la extensión de su vida (absorbida en la eternidad de la duración que le precedía y la seguía) y se veía abismado en la inmensidad de los espacios que ignoraba y LE IGNORABAN. Claro que sí, (in) modesty Blaise: la eternidad y el espacio te piensan por delante y por detrás de tu propia vida.



Un oportuno anuncio televisivo sobre la competición que empieza hoy comparaba una existencia humana con el minutaje de un partido de fútbol. Sólo estoy empezando el segundo tiempo. Un recorrido, da igual cuántos espacios te achiquen, molto longo. Seguiré pensando así mientras mis sentidos me sustenten, los días sean tan largos y mi equipo continúe en el césped.