viernes, 28 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. El problema español


27 de junio de 2013


La mejor (y única) parte buena de estos viacrucis es la de regresar a casa, extenuado pero satisfecho, con muy reposado continente. Por el camino de vuelta más corto atravieso la Avenida de la Facultad justo a la altura de un kiosco de prensa que exhibe docenas de periódicos y revistas. Carne cruda. Algunas chavalas pero (¡ah!) también gran cantidad de hombres enseñando tabletita en publicaciones con títulos como Men’s Heat, Sports Ahoy! o Muscle Tov. Incluso hay dos revistas de cine que sacan precisamente a Superman y Lobezno, criaturas con un porcentaje diríase negativo de grasa corporal. Trato de buscar algún ser de mi mismo reino, orden y especie con el que identificarme hasta que mis ojos reposan sobre la portada de Historias de la Historia, que lleva la pícnica y tranquilizadora estampa de don Manuel Azaña. Dios es grande en el Sinaí. Menos mal.






miércoles, 26 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Streakin' politely


26 de junio de 2013


Hoy quizá me dejé llevar por la euforia de las Fiestas de San Juan y San Pedro que chamuscan León levemente estos días y cuyo singular programa (supongo) ha centrifugado a la gente a otras zonas de la ciudad. Así que, aprovechando que en algunas partes de la orilla del río no había personas en absoluto y hacía muy bueno, estuve corriendo un rato sin camiseta. Aunque resulta muy… refrescante (perdón) anduve pendiente como si tuviera puestas las largas.
















martes, 25 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Nuevas aventuras concéntricas



25 de junio de 2013



Después de catorce gandules días saturados de etanol vuelvo a bajar a la orilla del Bernesga. Ejecuto (sorprendentemente) mi suelo: veinte minutos. Persigo (pretendo, quiero, suspiro por o aspiro a) hacer media hora de ejercicio todos los días. Todos. No es nada. Es media hora. Tengo libres dieciséis. Media hora. ¿Eh? Venga. Treinta minutos. Vamos. Eeeeh… Sí.

Se presenta el libro La obligada compañía del corredor en círculos en mi no demasiado romanizada ciudad. Me someto a diversos guiñoles y obedezco algún cuestionario. Si hace dos entradas hablaba de la imposibilidad del movimiento de los objetos hablaré ahora de la imposibilidad de la comunicación entre ellos. Durante varios días seguidos digo cosas más o menos razonables que se convierten por algún motivo en tonterías directamente navegables según se reproducen. La pregunta más repetida es ‘por qué corres’. No les parece válido mi intento de respuesta en doscientas páginas y parecen querer abrochar alguna idea de dos líneas. Me parece normal. Los periódicos tienen muchísimas páginas y las radios y televisiones retransmiten todas las horas. En el futuro todos seremos trending topic durante un minuto.

Hablar de correr es casi tan aburrido como hacerlo. Si eres perseverante u obstinado o no tienes nada más que hacer o te posee ese afán… pues primero corres despacio un poco y luego corres más deprisa más tiempo. Eso es todo. Fin. Kaputt. The End. Koniec. Fine. Game over. Me resulta absolutamente imposible desarrollar un discurso más complejo sobre el tema. Los gimnastas que tratan estos temas (y baten los caminos) durante horas me tratan ora con paternalismo ora con desconfianza. Mi indiferencia les parece una agresión. La prensa (nunca la llaman crítica) deportiva es muy violenta y el sentido del humor les parece una imperdonable falta de respeto.

Después de estos malentendidos trato de hablar del género ensayístico o de literatura… con el mismo éxito. En total: al no encajar en ningún mundo, continúo sin pandilla. Puede parecer halagador que le hagan casito a uno un rato pero se pasa enseguida cuando se ha de contestar en serio a cuánto hay de autobiográfico en un diario.





El acto. Léase con la nasal voz de el NO-DO: "En el leonesísimo e incomparable marco del Palacio de Gaviria y ante una sala abarrotada tuvo lugar la literaria puesta de largo..." El señor que está hablando es el admirable Luis Grau, presentador de la cosa y de mí mismo, al que me une una amistad normal. Director del Museo de León, sabio en muchas disciplinas, ágil de sus miembros, esforzado como un extremo izquierdo, paciente como un capuchino y poseedor de diversos humores, todos buenos. Digo todo esto porque es verdad y porque se me olvidó mencionarlo en el teatrillo. L'esprit de l'escalier de Diderot, ya saben.



martes, 11 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Gótico flamígero


11 de junio de 2013



En una salida lluviosa se me ocurrió que los diarios tristones deberían tener las letras emborronadas. Con tipos de tinta china lacrimeante, corrida y vertical. Sería una aplicación terrible para las niñas dismenoheridas. Seguro que está inventado (curiosamente inventar y venta tienen raíces diferentes). Claro que, por la misma lógica, las notas de días como hoy, de verano mordisqueante y juguetón, deberían consignarse con gordas letras redondas de color calabaza. Olvídenlo. Es una idea horrible.












lunes, 10 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Un flecha en un campamento



10 de junio de 2013


Los pensamientos del corredor en círculos tienden a ser circulares y en pensamiento nada hay más circular que una paradoja. Una de las paradojas o aporías de Zenón de Elea (en teoría planteó unas cuarenta, de las que Aristóteles glosa nueve o diez, cuatro de ellas sobre el movimiento) es la célebre de Aquiles y la tortuga en la que pone en duda, si no la existencia misma del movimiento sí su inteligibilidad o comprensión.



En realidad viene a ser la misma paradoja de la dicotomía o bipartición de las distancias pero (¡ah!) dotada (como dice Jorge Luis Borges) de un héroe y de una tortuga. Borges llega a afirmar en su Avatares de la tortuga que “a esos competidores mágicos (junto con la sencilla serie matemática de fracciones) debe el argumento su difusión”. Yo también lo creo. La idea en realidad más que paradójica es pueril: si las distancias se pueden partir infinitamente, el tiempo y energía que las recorra debe ser asimismo infinito, lo que imposibilitaría cualquier progresión. Antes de recorrer uno debo recorrer medio, antes de ese medio la mitad; antes, la mitad de esa mitad… Así, el pélida de los pies ligeros nunca podrá ni siquiera empezar a desgastar la ventaja concedida al galápago.

Borges escribe también que le “gustaría conocer el nombre del poeta que la dotó (a la paradoja) de un héroe y de una tortuga”. Bien. Pues el poeta puede ser el mismo Zenón. O Aristóteles, que lo reproduce. O, prosiguiendo con el argumento lenticular, Parménides: inventor primero de todas las paradojas que Zenón se limita a volver a plantear (y que Aristóteles repite y que Borges se complace en y que yo aquí ahora…).


¿Puede existir el movimiento? Y si existe ¿podemos colegirlo? Me empeño en refutar a Heráclito* bajando cada dos por tres al mismo río. Y a Zenón, no alcanzando jamás a la tortuga… ¡sin haberle concedido ninguna ventaja!

*
ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε
En los mismos ríos entramos y
[en los mismos ríos] no entramos; somos y no somos [los mismos].



La paradoja de la flecha detenida o en reposo en un periodo de tiempo. Pero con un avión en vez de una flecha. Y con un pulpo gigante.






¡Ya a la venta el libro con los hilarantes primeros trece meses de mis hazañas! ¡Oh! ¡Oh!
A la venta (entre otros sitios) en Amazon y tal:
http://www.amazon.es/obligada-compa%C3%B1%C3%ADa-del-corredor-c%C3%ADrculos/dp/8494123408/ref=sr_1_9?ie=UTF8&qid=1370892170&sr=8-9&keywords=rodera












martes, 4 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Las edades de la arena



4 de junio de 2013



Veintipico grados. Solecito. Velocidad media del viento: poca o ninguna. Bolas de polen e insectos consumidos: ciento cincuenta gramos. Paisanas enjutas que se ponen en el medio de cruces o vías: muchas. Circunscritas a las aceras de los supermercados durante el invierno, pululan y entorpecen entradas, salidas y pasarelas de todas partes durante el verano. El amoniaco que parece constituir su sistema sanguíneo (y la base de su dieta) debe de hacerles creer que son invulnerables al impacto con un sudoroso fulano de noventa kilos (siempre peso noventa kilos; igual los números de la báscula son una calcomanía) vestido enteramente de negro, cara de mal humor y una velocidad de crucero suficiente como para hacerlas volar (a ellas y a su puto cigarrillo Fortuna) hasta el segundo carril de la Carretera de Valladolid. ¿¡¡Es que no me ve, señora?!!


domingo, 2 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. La risa de Baco o Mi gran boda armenia



2 de junio de 2013

Los griegos clásicos se tomaban muy en serio el deporte. Como dirían Les Luthiers, entre los griegos el deporte y el espectáculo no eran menos importantes que el estudio. Eran más importantes. Platón llega incluso a denunciar con virulencia los competitivos excesos y seguimientos de tanto brinco y tanta flexión, aunque Sócrates sigue haciendo sus tablas de gimnasia hasta el día de su muerte (según cuenta Jenofonte en El banquete).

En Las ranas, el cómico Aristófanes describe dos nostalgias: la de que ya no hay autores buenos (sentimiento que comparto) y que los deportistas tampoco son lo que eran. El dios Baco (o Dioniso) se ve obligado a bajar al infierno (el Hades) a buscar a Esquilo o a Eurípides (que había muerto hacía poco) para que escriban obras en su honor, ya que los dramaturgos vivos parecen ser una chufa. No vamos a entrar en por qué poetas tan buenos estaban en el infierno pero, a lo que íbamos: lo de los deportistas. Dioniso (o Baco) se burla de los atletas contemporáneos de Aristófanes con estas palabras:

"…por poco me muero de risa en las Panateneas (Juegos similares en prestigio y popularidad a los Olímpicos), cuando vi a un hombre pesado que corría encorvado, pálido, gordo, quedándose rezagado y haciendo terribles esfuerzos".

Que sirva este párrafo como mi justificación para no concurrir a los múltiples certámenes que se desarrollan a diario en todas partes: no quiero que el borrachín de Baco, dos mil cuatrocientos dieciocho años después de reírse de ese gordo concreto, se ría ahora de mí.

¿A qué viene todo esto? A que me siento (ut supra semper la burra al trigo) culpable. Siete días sin correr. Semana en blanco respecto no sólo a eso sino a absolutamente todo lo demás rematada por una emblemática boda familiar en León (en San Marcos: no me alejo jamás de la orilla del río). Emblemática y españolísima porque la novia trabaja en Moncloa y el novio más allá de la Península de Anatolia. Por algún motivo (que no me explico) esta ceremonia y sus fastos me dejan aún más triste de lo que me encontraba, así que hoy salgo con la intención de restablecer algún equilibrio químico perdido, alejar esta abrumadora e injustificada melancolía y afilar un poco la chivata cara de rata gorda que se me pone enseguida. En lo que me descuido.