miércoles, 30 de noviembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Impermeable II

21 de noviembre de 2016 Ansiedad

Por la mañana nado un rato en el calor de invernadero de la Sociedad Deportiva Venatoria mientras tras la cristalera vuelve a llover sobre las azules cisternas y amenas praderas del exterior.
Por la tarde salgo a correr río arriba y abajo. Mi dormitorio empieza a oler a vestuario de caballeros.






24 de noviembre de 2016 La noche del millonario

Anoté para completar las notas de este día dos palabras: frío y diagnóstico. Ya no me acuerdo qué cojones quería decir. Probablemente que hacía frío.







25 de noviembre de 2016 Sound and visión

Sam Shepard en sus cuentos de motel saca muchos ruidillos. Da ambiente. Claro, que son sonidos vaqueros y machos: coyotes, viento de sorrasca, sirenas, silbidos de trenes lejanos… Yo soy más de tafos. Hoy en el río aromas a morcilla en vez de a cloaca o maría; es curioso.








29 de noviembre de 2016 Funes el desidioso


Todos alcanzamos lo que queremos… diría un libro de autoayuda —como si alguno no lo fuese—… cuando nos tire del pijo conseguirlo, añadiría yo. Lo mismo da que pidas que se reproduzcan tus leucocitos, aprobar una oposición o que te crezcan las tetas. Lo conseguirás, morirás en el intento o dejará de importarte. No hay más alternativas. En dos días, mi cumpleaños. Cincuenta. En plena forma —corro hora y pico, hago cien fondos, tengo dos empleos, la, la, la, la…—. Qué bien.













domingo, 20 de noviembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Glandfinger

20 de noviembre de 2016


No he tolerado entera —creo— ninguna película de 007. Trozos, a menudo, de casi todas. Son hilarantes. Las más torvas o serias son las últimas, con el apretado —incluso sus músculos están fruncidos— Daniel Craig. Veo una escena particularmente curiosa de Casino Royale: mientras juega una partida de póker, el villano le envenena. En vez de desmayarse y despertar atado a algún mueble, se desfibrila, se opera, se da incluso puntos o se pone algunas grapas —me parece— y vuelve a la partida. Luego, en vez de antibióticos, se toma una copa y se come un filete. Eso no lo había visto nunca. Por primera vez en la historia del cine —del cine, repito: los dioses siempre han hecho cosas rarísimas con las tripas— el héroe presume de la fortaleza de sus órganos internos. ¡Toma esto, maldito! ¡Mira qué páncreas! ¡Sufre con mis jugos gástricos! ¡No podrás con mis fértiles ganglios!

En Inglaterra por Navidad ponen películas de James Bond. Como aquí en España ponen de Jesucristo o de Joselito. Claro, que en Inglaterra James Bond es tradicional; parte del folklore. Lo que sería aquí Torcuato Fernández Miranda.




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Al carecer estas notas de tablas, cuadros, gráficos, cronogramas e historiales pedestre/clínicos solo tengo la seguridad —eso es posible averiguarlo por las fechas— de que salgo a dar brincos más domingos que cualquier otro día de la semana. También sé la razón. La única por la que hacemos todo: la que aúna sexo y vanidad, instinto reptiliano y razón, ácido desoxirribonucleico y literatura: el miedo. Hoy vuelve a ser domingo. Oscuro. Frío. Lluvioso. Profesional.







miércoles, 16 de noviembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. The natives are restless


15 de noviembre de 2016
El miedo del portero ante la soledad de fondo



Perihelio y afelio. Perigeo y apogeo. El Sol se separa de nosotros —o nosotros de él, dicen los listos— hasta cinco millones y pico de kilómetros. La Luna, hasta cincuenta mil. Ahora —hoy— se supone que está muy cerca. A trescientos cincuenta y seis mil en vez de a los cuatrocientos seis mil que se pone a veces. No sé por qué me ha quedado el párrafo como si estuviera hablando de a cómo está el añojo.

El satélite no se percibe más grande, claro. Pero, como desde los cuatro años tengo la impresión de estar perdiéndomelo todo —tanto sucesos como personas—, después de aplazarlo el día entero, salgo a las ocho de la tarde. A contemplar la —falsa— superluna. Me doy unas carreras, me estiro, me encojo, me alzo y me agacho, me propulso y me freno; vuelvo a casa y se me olvida mirar el cielo. A ver por la ventana... Sí. Ahí está. Luna llena. Impresionante. Igual que todos los meses.

Sigo leyendo artículos marcianos y tomándomelos en serio un rato. Es otra de las señales del carcamal: que se repite. Haciendo cosas y contándolas. Y mascullando en bajo por la calle —y escribiendo mascullar—. Siete síntomas de que uno padece diabetes. Los tengo todos, por supuesto: varias modorreras, sed, ganas de hacer pis, pérdida de peso, visión borrosa, hormigueos sin especificar… El mismo suelto puntualiza que para evitar esta cruel patología es bueno hacer media hora —¡media hora!— de ejercicio diario —¡diario!—. Con media de ejercicio diario no evito la diabetes: evito que en los próximos Juegos EEUU nos adelante en el medallero.









El clásico ANTES y DESPUÉS. A la izquierda, el autor en las playas de Portugal este verano, tratando de respirar. A la derecha, mucho más fino, en nuestros días.










16 de noviembre de 2016 La soledad del corredor de fondo ante el penalti

Resulta que la superluna no sale hasta su hora. Aunque sea superluna no tiene supervelocidad. Así que hoy tampoco la veo en la inusualmente templada —aunque igual de tenebrosa que estos últimos cinco años— orilla del Bernesga. Que recorro entera hacia arriba y hacia abajo. En ambas direcciones; que no sentidos —la gente tiende a confundir dirección con sentido—. Sentido el río solo tiene uno. Más que yo.














domingo, 13 de noviembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Minuto y resultado

13 de noviembre de 2016


Mañana, rastro, solecito, etc… Atribuyo que el tiempo sea una construcción humana y lineal —a un neutrino le da igual que sea noviembre— a que sea imposible modificar el pasado. No puedo tampoco, jamás podré, corregir las cervezas o las idioteces de ayer; resulta igualmente imposible disfrutar el presente, entrópico y dinámico hasta su inaprehensión, ni —claro— gozar un futuro que nunca llega. No existen las dimensiones: una pared no está a una distancia sino a un tiempo que, al ser percibido por cada persona de una manera diferente —al igual que el color—, puede que no exista en absoluto o sea una singularidad: que se acerque de forma constante a un número infinito.

Una cosa que no entiendo: si el tiempo o los tiempos son inexistentes o no mensurables… ¿por qué todos los domingos son una mierda?












jueves, 10 de noviembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Vaciar la piscina

2 de noviembre de 2016 El orden natural

Corro muy rápidamente un circuito corto porque he quedado, así que me doy mucha prisa. Luego estoy once seguidas horas en los bares viendo el fútbol y tomando cerveza. Ninguna de las dos cosas tiene mayor interés. ¿Por qué consigno una y no otra? Es más, ¿por qué consigno alguna? La respuesta es: disciplina. O su ausencia.






4 de noviembre de 2016 Drain the pool

A las seis y media ya es noche cerrada. Cemento húmedo. Oscuridad. Como trotar en una cinta. En un búnker. Cuando uno está solo ansía compañía, cuando consigue compañía busca amistad, cuando tiene amistad quiere amor y cuando tiene amor quiere volver a cualquiera de las otras casillas. Así pasamos el tiempo, de escaque en escaque, haciendo el berzas; en vez de proteger al rey o tapar las diagonales de los alfiles, que es para lo que —se supone— estamos en el tablero.



De una manera u otra todos los días veo alguna gacetilla perogrullesca sobre nutrición o ejercicio. Acabo de terminar una que establece y asevera —lo juro— que el agua no tiene calorías. En serio. ¡Cero! ¡Ninguna! Y que debería formar parte de cualquier dieta. Otra que basta adelantar la cena a las dos de la tarde para eliminar su pesadez nocturna —no, no propone en cambio acostarse a las nueve y media de la mañana para alcanzar igual propósito—. Los artículos que hablan de correr afirman de forma solemne que debe uno evitar completar un maratón el primer día y que es mejor no romperse los ligamentos o fracturarse ambas clavículas. Aprendo mucho. Cualquier día leeré que el ozono, el helio y el nitrógeno están bien; o que deberían poner más carbono en los colegios. O en los niños.



8 de noviembre de 2016 Los enamoramientos

Otra jornada de engaño a la sociedad. Voy al dentista: que fenomenal —cero euros—. Renuevo el carnet de conducir. Me toca un doctor de los que me gustan: borrachín y charlatán, de película de John Ford, capaz de decirle a alguien en coma que está hecho un toro. Vista de rapaz, reflejos de portero de primera división —dice. Ochenta y cuatro euros—. Luego, con la luz de fundido a blanco de la cellisca, salgo a dar carrerinas. Me parece que estoy absorbiendo y aprovechando la energía del Sol, pero a lo tonto, ya que ninguna vaca me come. Sigo desarrollando… sentimientos. No quiero. Antes no tenía y estaba tan tranquilo. Quiero apagarle la luz de atrás al diorama y, en vez de eso, cada vez me salen más muñecos.



Estoy a punto de cumplir cincuenta años y me acabo de dar cuenta de que no he dado un paseo en mi vida.






















miércoles, 2 de noviembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Los muertos

17 y 19 de octubre de 2016 Odio o Run like everybody is watching


Nunca he competido. Bueno, alguna vez de chaval —diluido casi de forma homeopática en un equipo de fútbol—, pero ya ni me acuerdo. He opositado, pero, como me daba exactamente igual aprobar, tampoco sentía la animadversión supuesta —y exigida carnívoramente— por mis rivales, a los que veía trasudar, colorados y ceceantes delante del tribunal. Por eso me sorprendo sintiendo auténtico odio e insultando entre dientes a una lejana señora de gran pandero y ofensivo chándal que trota muy despacio sin doblar las rodillas y a la que no consigo alcanzar. ¿Es esto el espíritu olímpico? Debo decir que ayer salí a divertirme y beber y lo único que no conseguí fue divertirme. Esta excusa forma parte del carácter o esencia del deporte; después de todo y como dicen los ajedrecistas: nunca nadie ha derrotado a un rival al que no le doliera la cabeza.









21 de octubre de 2016 Apetitos

Veinte veces. Desde que cerré la temporada de verano el día diecisiete de septiembre —En España agosto termina a principios del mes de octubre— he salido a dar brincos veinte veces. En treinta y un días, ¿qué he conseguido? Perder —muy poco— peso y volumen y, extraña, inopinada y desproporcionadamente, incrementar mi libido a ridículos niveles adolescentes. He estado a punto de preguntarle a mi mujer si me está echando algo en la comida. ¿A qué viene esto? Se supone que me embarco en tan narcisistas escaladas para proporcionarme serenidad, contento mineral y paz —también— metabólica; no picores priápicos que a nadie aprovechan ni benefician. Venga. Ya está bien. Soy un señor mayor.





23 de octubre de 2016 Gliptoteca

Rastro. Río. Solecito. Nubosidad variable. Me ha costado, pero creo que he conseguido joderme el tendón de Aquiles del pie izquierdo. Mis hormonas y emociones siguen bailando la conga. Ahora de vez en cuando siento una desoladora y afilada tristeza y hasta lloro como una plañidera siciliana mirando series —abundancia de mocos y todo con el San Junipero de Black Mirror—. Así que, dolorido, estimulado y triste he llegado a la conclusión de que debo estar embarazada.









1 de noviembre de 2016
Yo solito

Domingo falso. Gran silencio. Hoy es martes y Día de Todos los Santos, Samhain, Halloween o Los Muertos. Aprovecho esta semana de cuidados —mi tendón de Aquiles parece haber vuelto a su tensión original— y me emborracho dos días no consecutivos. Lo que parece estabilizar —algo— mi loca, loca testosterona. Eso no lo ponen nunca en los artículos sobre nutrición o gimnasias. Podría cubrir yo ese hueco. Podría cubrir todos los huecos.


Retrasan —aparte de todo lo demás— la hora. Ya se hacía de noche antes. Es lo natural. Pero ahora me da la impresión de que oscurece más rápido. Quiero decir a mayor velocidad. Inmediatamente. En pocos segundos. Como si girasen una llave. Aprovechan además para bajar la temperatura diez grados. Igual. De repente.
















sábado, 15 de octubre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Cerveza, michelines y Horacio

7 de octubre de 2016 El velocista

Mucho espacio en muy poco tiempo. Manga corta todavía. Estancamiento. ¿Cómo se describe una paliza que no sea "brutal"? ¿Una cordial paliza? ¿Una paliza mediocre? ¿Una paliza... standard?





8 de octubre de 2016 Cerveza, michelines y Horacio

El muñeco o mascota de Michelin se llama Bibendum y fue creado  por Marius Rosillon —conocido por O’Galop— para una cervecería. Los hermanos Michelin lo adoptaron en 1898 y, conservando la frase latina de Horacio ¡Es hora de beber!, le hicieron brindar con cristales y clavos —¡los neumáticos Michelin se tragan los obstáculos!—. Es hora, quizá, de parar. Mañana hay fútbol. España - Albania. Tanto si ganamos como si perdemos: Nunc est bibendum! No. No me lo creo. Me he dado cuenta de que debo reunir gran cantidad de energía para cambiar mis hábitos. Se toma la pereza como inmovilidad, pero tiene más que ver con la inercia. Cualquier inercia. Las personas —y los objetos— quieren seguir haciendo lo que estén haciendo: perdiendo energía cinética, tomando cocaína, ganando dinero, teniendo querida, viendo la televisión, trazando una curva…



10 de octubre de 2016 Premonición

En efecto. Permanezco impermeable y miro el poco entusiasmante partido de la Selección con una taza de té. En estos días me doy mucha prisa para salir a —y liquidar el— correr antes de que anochezca. Así que ahora, además de contra todo lo demás, troto hasta contra el sol. En mi camino hacia el río, sobre el escaparate de un local abandonado han pegado con mucho celo —en todos los sentidos— un folio donde hay escrito: angustia, ansiedad, miedos, fobias, adicciones, depresión, estrés, pánico… Busco casillas para tachar, pero no hay, claro. Es una enumeración de los trastornos de que se ocupa —y supuestamente cura— un Gabinete de Psicología. Corro una hora. Me está empezando a salir tabletita. Tampoco me he portado tan bien. No llevo ni un mes siendo tan morigerado. Muy raro todo. Esto me ha de dar que sentir.





12 de octubre de 2016 Cien jinetes

Miércoles. Fiesta. Día de la Hispanidad. Otro domingo impostor. El ambiente político resulta cada vez más espeso e insensato. De una estolidez infantil, desesperante.






14 de octubre de 2016 Llamando a las puertas del cielo



Continúa la fiesta de las palabras con nuevos medallistas. Un año después del de Svetlana Alexievitch le dan el Nobel de Literatura a Bob Dylan, que pulsa y fija en norteamericano la figura del poeta adolescente bello y furioso, de suela en el aire y cabeza desnuda y despeinada, para el que la ciudad es un monstruo pero la playa también es escombro. Que se va lejos, muy lejos; feliz como con una mujer* —véase la portada de The Freewheeling—. Superior a Woody Guthrie e inferior a Rimbaud o al Antiguo Testamento —cuyos versos monumentales fusila ceñudamente—. Tanto la periodista como el cantor —y los señores de Estocolmo— refuerzan mi idea de que el arte o la literatura son líquidos, que rezuman de cestos podridos y se adaptan a recipientes más excitantes —periódicos, Internet, televisión, rock’n’roll…— en cuanto pueden. Antes me hacía estas reflexiones mientras me tomaba una cerveza. Este último mes me las hago mientras bebo té, corro o, sobre todo, mientras me ducho. Me paso el rato duchándome. A veces creo que me estoy duchando todo el día. No hago otra cosa. No he estado tan limpio en mi vida. Acabo de salir de la ducha. La segunda de hoy.


*Sensation

Par les soirs bleus d’été, j’irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l’herbe menue:
Rêveur, j’en sentirai la fraîcheur à mes pieds.

Je laisserai le vent baigner ma tête nue.
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,
Et j’irai loin, bien loin, comme un bohémien,
Par la Nature, — heureux comme avec une femme.

Arthur Rimbaud










martes, 4 de octubre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Carácter

30 de septiembre de 2016 El corredor en círculos

No debería correr a diario. No es mejor. No se progresa. Ya lo sé. Ya he hecho esto. Ya he estado aquí.







1 de octubre de 2016 Recaída

En español no existe relapsar, aunque sí recaer.


Relapso: Que reincide en el pecado del que ya había hecho penitencia, o en una herejía de la que había abjurado. Del latín. Participio pasado de relabi ‘volver a a caer’.

Relapse: Deteriorate after a period of improvement. Return to a less active or a worse state.



El matiz moral —¡siempre la puta moral!— del español desaparece en inglés, donde es un verbo habitual para describir momentos de los adictos. Exagero, naturalmente. Me tomo —después de quince días de castigo— unas cervezas al verdor del sol, junto a casa, en el parque tomado por chiringuitos y coloreadas caravanas de donde mana la música, la comida y la bebida y rodeado de flores, fuentes, amigos y amores.
Luego salgo a correr y sudar como un vidrio. Llevo, como todo el mundo, una vida llena de contrastes. Juá.














2 de octubre de 2016. Fácil

El clic. Casi todo hábito o ejercicio continuado conduce al virtuosismo y el virtuosismo al ocasional aburrimiento. Supongo. Yo tengo el superpoder de aburrirme antes de llegar no al virtuosismo, sino a la mera práctica.










4 de octubre de 2016. Pseudovectores



Isaac Stern: A ver si lo entiendo. Ellos pondrían todo el dinero; yo haría todo el trabajo. Si no le importa que le pregunte, ¿qué haría usted?

Oskar Schindler: Asegurarme de que se sepa que la fábrica está funcionando. De que posea cierto estilo. Es en lo que soy bueno. No en el trabajo, el trabajo… En la apariencia.*



*Itzhak Stern: Let me understand. They put up all the money. I do all the work. What, if you don't mind my asking, would you do?

Oskar Schindler: I'd make sure it's known the company's in business. I'd see that it had a certain panache. That's what I'm good at. Not the work, not the work... the presentation.

(De la película La lista de Schindler, 1993, Steven Spielberg. La traducción es mía).




La presentación. La foto. Las dimensiones de la reproducción. Eso es todo. Sacar los términos trabajar y entrenar. Mucho. Constantemente. Lo primero lo dicen los actores y las folklóricas. Y los artistas plásticos. Trabajan sin parar. Jornadas de oficina. Nunca he oído a uno decir que se pasa los días tocándose los huevos. Igual es verdad. Depende de lo que considere uno trabajo. Si dar entrevistas, ir a una inauguración, comer con tu agente o sobar chavalas 
o chavales— impresionables es trabajar, no paran. En efecto.

Pues lo de entrenar, igual. Hoy no salí un rato con mi trote cochinero a sudar pretéritos cubalibres. Salí a entrenar —aunque sigo pesando noventa y pico kilos. Siempre peso noventa y pico kilos. No me extraña que se llame fiel a la aguja de la balanza: su lealtad sólo es comparable a la de un votante de derechas—. Puedo escribir que estoy muy entrenado. A mentir. Panache. Big time.












jueves, 29 de septiembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. End Of The Season

29 de septiembre de 2016





Abandono Villa Modorra. Me reconozco incapaz de poner nada sobre casa y parque que no suene horto/sexual. Influencia británica, claro, cuyo clima lluvioso e insular les predispone, creo, a la metáfora pícara en forma de estambre, jardinero, pompa y flor. No puedo decir que cubrí los mimbres, recorté el seto o que dejé el césped húmedo y fresco sin que parezca una fantasmada. Como no puedo escribir que conseguí que el camino de entrada se corriera cuatro veces sin producir similar efecto.


Cierro la dacha sin haber hollado los macadanes de los Payuelos y sus canales —¡comenzada ya su segunda fase!— ni una sola vez en todo el verano. Vuelvo al Bernesga. Con resultados todavía inciertos. Quizá hoy sea el último día que salgo con luz. Quizá sea el último que lo haga en camiseta. Quizá sea el último de mi vida. Oh. Ah.












domingo, 25 de septiembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Septiembre

23 de septiembre de 2016 La tercera ley de Newton




Otoño temprano. Siete de la tarde. Sol. Veintiún grados. ¿Qué mejor que ponerse una vieja camiseta y unos leotardos agujereados y salir a correr? No sé. ¿Cualquier cosa? Mas no: me he metido en esto y ahora hay que seguir. Después de todo me llamo Rodera y ya se sabe que es fácil entrar en una rodera, pero muy difícil salir. Como digo, hace bueno y tal. A mí el tiempo no me parece un tema desligado de lo que ocurre o una conversación de aeropuerto, sino la realidad misma. Hay que profundizar un poco. Los ciclos ENSO
El Niño Southern Oscillation nos enseñan una y otra vez sin que nos importe un cojón el inevitable principio de pecado / penitencia, acción / reacción; y la temperatura nos recuerda que nos convertimos en una fermentada babilla por encima o debajo de una fina membrana de oxígeno o calor, vulnerables a todo. Vamos, que cualquier tema es infinito. Sobre todo para los que no podemos mantener el buzón cerrado. Me pregunto a qué debo estas gárrulas logorreas, estas macroglosas facundias, estos puntos de fuga. A que no me gusta pensar, supongo.




24 de septiembre de 2016 Picnic



Debería contar anécdotas y, sobre todo, transcribir diálogos. A la gente eso le encanta. Básicamente para ver si sale. El más memorable que recuerdo y el único que he transcrito es el del fulano que le reprochaba a otro más chiquitín que le hubiera comido el chorizo y media hogaza. No es que no oiga nada digno de ser reproducido, es que salgo y vuelvo solo en estos diminutos viajes concéntricos. También podía, como razonaba ayer, callarme la boca; pero hay tres razones por las que se escribe: explicar lo listo o sensible que es uno —no, no te gusta contar historias o explicar el mundo: te gusta que te escuchen hacerlo—, explicar lo listos o sensibles que son los demás —en este país hacer la rosca constituye una enorme bolsa de empleo— o explicar lo listo y sensible que es uno gracias a los demás. Oh, oh.
Si el narrador no se adhiere a una de esas tres categorías, no narra. Nada. Y eso es así. Bueno. Ya hay bastante material.

















25 de septiembre de 2016
Últimas palabras



Hoy sí oigo algo. Justo al oscurecer. En el Puente de los Leones. Un individuo con voz de vino berra: Mayoría absoluta para el gallego ese. Ha habido elecciones en Galicia
—donde gana el partido fundado por los franquistas— y en el País Vasco —donde lo hace el fundado por Sabino Arana—. No me duele España. Me irrita o escuece.


Nueve días de… esto. Vaya. Creí que llevaba menos. Se pueden hacer muchas cosas sobrio y en forma, sí; pero recordemos que una de ellas es emborracharse.








viernes, 23 de septiembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. La vida secreta de las plantas

21 de septiembre de 2016




Me ha llevado tres décadas elaborar un sencillo juicio sintético a posteriori. No, no se vayan. El juicio sintético a posteriori es que los depresivos deprimen. Es sintético porque 1) no es analítico y 2) el concepto predicado no se incluye en el concepto sujeto; y es a posteriori porque 1) se basa en la experiencia, 2) es particular y contingente, 3) proporciona información nueva, y 4) es informativo más que explicativo. Y es un juicio porque… es un juicio. Les he vuelto a perder. A ver, estas persecuciones de excitaciones neuropéptidas a través del ejercicio chocan frontalmente con mi Weltanschauung pasota. Si tienen ustedes más de cuarenta años no necesitarán traducción de estos dos términos. También les ahorraré lo que constituía la Anschauung
—como intuición o percepción interna o externa— para Kant. Anda que no soy majo.


En mi época de formación la conducta deseable, la traducción local de lo búdico-jainista y el canon para la vida apacible, la búsqueda de la felicidad y hasta la obtención y disfrute del amor físico fue el pasotismo. Esta modalidad de laissez-faire
tan garrulo como la sociedad y país de la época prohibía contemporizar con ningún tipo de mejora —y hasta de higiene—. Que algo —o alguien— te importara de algún modo se consideraba un error violentamente burgués. Las drogas, claro, eran el alcohol y la heroína. Aunque no sabíamos qué nos había herido, antes de darnos cuenta necesitábamos muchos analgésicos. No quiero hablar por mi estúpida generación que, aparte de ver la televisión, tardar muchísimo en acabar Derecho y tener hijos y más hijos, ha permanecido al margen del relato de los dos últimos siglos, pero era lo que había. En total: los depresores impiden que los imprevisibles transmisores neuronales actúen. Decidir que esto sea bueno, malo, conveniente o inconveniente es lo que me tiene dando tumbos sin ton ni son desde hace una semana.













martes, 20 de septiembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Luces en la hierba

20 de septiembre de 2016



Bien. Quería correr una hora y lo he conseguido. Me ha llevado tres días —veinte minutos cada jornadapero, como dice el doctor Johnson: el que trata de obtener un gran logro de una sola vez es muy posible que no consiga nada en absoluto. O algo así. También dice que lo que se escribe sin esfuerzo, se lee sin placer. Como citar no requiere ningún esfuerzo, supongo que las citas tampoco proporcionan ningún gozo ni deleite. Ni siquiera las suyas. ¿Ahora qué hacemos, doctor?



Septiembre se está convirtiendo en un mes muy civilizado. El clima es suave, la luz no es tan salvaje y las horas son todavía horizontales. En el medio del río —el torturado Bernesga— veo, de pie, una perpendicular grulla. Dichoso vaticinio. Todo saldrá bien. Venga. ¿Por qué no?










lunes, 19 de septiembre de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Acedia o Drink is bad, feelings are worst

19 de septiembre de 2016



Como he hecho exactamente lo mismo que ayer —y en el mismo tiempo— Vuelvo a la acedia —o acedía—. El demonio meridiano. El peor de los espíritus. Del griego akedia κηδία, negligencia. Me parece acertadísimo considerar la tristeza como negligencia*. De hecho es la tesis —y la hipótesis y la síntesis— de estas tontas notas. Aislar o diagnosticar este mal no arregla nada, claro. De hecho vuelve a echar la culpa sobre el triste. Por llorón.

El que sabe de esto, el jicho, repito, es el tío Evagrio. No suelo hacerlo, pero voy a dejarle hablar. Quitando las mierdas de Dios y los rezos y tal, tiene más razón —ji, ji— que un santo:

6.La acedia
Capítulo XIII

La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. En efecto, la tentación es para un alma noble lo que el alimento es para un cuerpo vigoroso.

El viento del norte nutre los brotes y las tentaciones consolidan la firmeza del alma.

La nube pobre de agua es alejada por el viento como la mente que no tiene perseverancia del espíritu de la acedia.

El rocío primaveral incrementa el fruto del campo y la palabra espiritual exalta la firmeza del alma.

El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo.

El acidioso aduce como pretexto la visita a los enfermos [para abandonar la celda], cosa que garantiza su propio objetivo.

El monje acidioso es rápido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacción; la planta débil es doblada por una leve brisa e imaginar la salida distrae al acedioso.

Un árbol bien plantado no es sacudido por la violencia de los vientos y la acedia no doblega al alma bien apuntalada.

El monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada cierto tiempo.

Un árbol transplantado no fructifica y el monje vagabundo no da fruto de virtud. El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje acidioso no lo es de una sola ocupación.

No basta una sola mujer para satisfacer al voluptuoso y no basta una sola celda para el acidioso.

Capítulo XIV

El ojo del acidioso se fija en las ventanas continuamente y su mente imagina que llegan visitas: la puerta gira y éste salta fuera, escucha una voz y se asoma por la ventana y no se aleja de allí hasta que, sentado, se entumece.

Cuando lee, el acidioso bosteza mucho, se deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y los ornamentos y finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.

El monje acidioso es flojo para la oración y ciertamente jamás pronunciará las palabras de la oración; como efectivamente el enfermo jamás llega a cargar un peso excesivo así también el acidioso seguramente no se ocupará con diligencia de los deberes hacia Dios: a uno le falta, efectivamente, la fuerza física, el otro extraña el vigor del alma.

La paciencia, el hacer todo con mucha constancia y el temor de Dios curan la acedia.

Dispón para ti mismo una justa medida en cada actividad y no desistas antes de haberla concluido, y reza prudentemente y con fuerza y el espíritu de la acedia huirá de ti.


Hago el terrible descubrimiento de que la bebida —y el sueño— no espantan el odio ni el afecto, sólo los baten y hacen rebotar contra el cráneo como un salvapantallas de los noventa. Si funcionasen —y eliminasen para siempre estas ansias— iba a dejar de beber su puta madre. A ver si con las carrerinas…




*Walter Benjamin in his study The Origin of German Tragic Drama describes acedia as an indolence of the heart that affects great men. A moral failing, a somber feature in baroque tragic heroes, as Hamlet.















La obligada compañía del corredor en círculos. Esse est percipi o el demonio del mediodía

18 de septiembre de 2016


Durante todo un verano mi padre trabajó para el catastro en un pueblo de León llamado Sueros de Cepeda. Mi madre, mi hermano y yo le esperábamos en una infecta pensión con bar de por allí. Yo era muy pequeño y me pasé todas esas jornadas metiendo moscas debajo de chapas de refrescos. Acercabas despacio la chapa hasta la mosca y ¡zas!, la dejabas debajo. Así, hasta que llenabas la mesa de chapas. Luego, ibas a otra mesa con igual o más mierda y repetías el procedimiento. Cada día mi hermano y yo batíamos nuestro récord. Esta asquerosa crónica o narración se podría titular: EL MEJOR VERANO DE MI VIDA. No creo haber vuelto a ser tan feliz.


Regreso a León después de tres meses en la dacha gritando en silencio, inmóvil, vívidamente deslumbrado, recibiendo* a las personas como espectros del mediodía, demonios meridianos*. Con la seguridad de que ellos tampoco me perciben. Es inevitable que a don Quijote le derrote el Caballero de los Espejos —con otro nombre igualmente cegador—. Incapaz de comunicarme y con los iris obturados por el paisaje acabo harto de agro y me desespero y aburro tanto que vuelvo a la ciudad y acepto hasta una invitación para ir al cabaret. Ayer estuve en una inauguración de arte contemporáneo. Acudiría igualmente a un incendio o a un accidente de coche. Iría incluso a una rueda de prensa. Estoy tan tenso que hoy… salgo a correr.

*Se me comenta cuando voy a la ciudad que he recibido mucho. En efecto, me dan por el culo (por este orden) el cortacésped, el cortasetos, el lavavajillas y la desbrozadora. Jackpot con bola extra de averías simbólicas: no se me permite actuar sobre las cosas o se me permite, pero con gran dificultad.


*Evagrio Póntico (344-359) el solitario, inventor de los ocho pecados capitales (eran ocho, dos de ellos relacionados con la tristeza) escribió en su Antirrhetikos (Άντιρρητικός) que, de los espíritus malos, el meridiano era el más pesado de todos, acechando al monje desde la hora cuarta (las diez) hasta la octava (las catorce) haciéndole ver que el sol se movía lentamente, que el día no acababa e impeliéndole a salir de su celda persiguiendo la nona (las quince: la de la comida principal). Este demonio diurno molestaba de forma especial a Evagrio porque hacía renegar al religioso del trabajo manual y le inculcaba dudas sobre si existía la caridad. También tiene que ver con el mediodía de la vida.











jueves, 12 de mayo de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Aires de fiesta

11 de mayo de 2016


La grasa —como casi todo— se compone de carbono, hidrógeno y oxígeno. El carbono se transforma en dióxido de carbono —también llamado anhídrido carbónico o CO2—. El hidrógeno, en agua; y el oxígeno, en CO2 y H2O.

El 84% de la grasa que se elimina del cuerpo es exhalada en forma de CO2.

El 16% de la grasa restante se elimina en forma de orina, heces, sudor, lágrimas (?) y otros fluidos corporales que no voy a especificar.

Y no, no vale soplar mucho o muchas veces seguidas para metabolizar esa grasa. Ni se elimina sudando. Lo que se elimina en una sauna —o cuando le hacen a uno un Expediente de Regulación de Empleo— es agua, que se repone bebiendo. Hay que conseguir alterar la grasa y luego, sencillamente, respirarla.


Me he esforzado estos cuarenta y un días extirpando de mi rutina el ejercicio, la comida sana y la vigilia, pero lo he conseguido: he rebajado mis marcas atléticas exactamente a la mitad. Así que hago la mitad de flexiones y corro la mitad de tiempo.


¿Se puede clasificar la literatura —o la filosofía— en obesa o enjuta? ¿Por qué no? De hecho, se puede hacer desde antes de El Quijote, que, como sus personajes, pertenece a ambas. No cabe duda que los dos Enrique IV, Las alegres comadres de Windsor o La conjura de los necios es verbo grasiento. Y no tendríamos problemas en clasificar Hamlet o todo Wittgenstein como escritura flaca. Esto de lo liviano como espiritual y lo gordo como terreno está, claro, muy sobado. Daudet con Tartarín de Tarascón pretendía componer un don Quijote entrado en carnes. ¿Es Goethe enteco o rollizo? Hoy, corriendo al lado del río enorme y marrón —se ha desbordado dos veces— y sobre la hierba fresca me elevaba en efecto.



















martes, 5 de abril de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Aftermath

30 de marzo de 2016




Estoy muy desmotivado. Así que corro muy poco, muy poco tiempo y ni adelgazo ni nada. Al héroe de La conciencia de Zeno —Zeno Cosini— del que ya he hablado alguna vez, le costaba mucho dejar los líos de amantes y el tabaco. No es mi problema, desde luego; son dos temas que he superado —casi escribo fácilmente, Dios me perdone— hace años. Después de un pequeño revés económico —no puedo permitirme grandes reveses económicos— me dan ganas de comer como un arzobispo y beber como un antropófago y viceversa. No me siento orgulloso de decir que el dinero me cambia el humor de forma radical. De manera unívoca y definitiva: si tengo dinero, estoy contento y opero de modo más funcional; si no, no. Así de simple. Es una propiedad vulgar de mi naturaleza, ni vistosa ni recomendable. Así que, en efecto, hago las cosas por dinero. Es mi objetivo y recompensa. Ignoro quién fue el primero que dijo la simpleza de que escribía —o que pintaba o que había aprendido a atarse los cordones de los zapatos— para que lo quisieran. Yo corro o cavo o escribo o dibujo o pinto o reniego a cambio de —o esperando inútilmente— dinero. Luego, si lo obtengo, pues me quiero a mí mismo y me celebro. Cabría la posibilidad de que, al final del todo, en algún caso, yo quisiera a alguien y esperase similares afectos. Como el proceso es interrumpido cada poco en sus primeras fases, me veo incapaz de averiguarlo.
















domingo, 27 de marzo de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Sexual Healing

26 de marzo de 2016

Sigo el romance conmigo mismo y hasta empiezo a mirarme con cara de imbécil y mis chistes me parecen graciosos, mis dibujos exquisitos y mis opiniones, pertinentes. De todas formas continúa la dialéctica entre ser muy bueno y poner las manos encima de la mesa y juntar curilmente las puntas de los dedines, como los médicos del Opus o los escritores sudamericanos o, por el contrario, coger tres cervezas y atiborrarme a fritos. Lo que haré en cuanto se reanude la Liga. O antes. O ahora.




sábado, 26 de marzo de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Silencio

24 de marzo de 2016



Mi cuerpo se da cuenta de que lo estoy tratando como un templo y desconfía. Sabe que si construyo templos es para profanarlos. Y profanarlos mucho: descerrajando a caballo los cuarterones de las puertas de sus peinazos, con bueyes arrancando los retablos de sus sillares, pegando fuego a los tapices, orinando en el sagrario y saliendo después, impávido, con un candelabro de oro macizo debajo de cada brazo mientras hace eco en las bóvedas el mugido de las reses enloquecidas que, sobre los mármoles, se rompen el cuello resbalando en su propio estiércol.

Quizá se nota un poco que estoy hasta los cojones de la provincial y obtusa Semana Santa y sus arratonadas fanfarrias.





viernes, 25 de marzo de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Un hombre ordenado

23 de marzo de 2016



Intento continuar con mi mejora personal y crecimiento físico y viceversa. Sin conseguirlo. Enorme luna llena que, sobre el yarmukle, kipá o medio platillo volante que han puesto encima de la plaza de toros hace parecer todo ello un fotograma de película francesa de ciencia ficción. Absolutamente nadie en la orilla del río. Oigo mis pisadas. Agua enorme en el río negro. Viento helado. Muy agradable. “Recordar es un acto creativo (…) Los recuerdos no son un relato apasionado o impasible de la realidad desaparecida; son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder”, dice Svetlana Alexievitch. Totalmente de acuerdo. Todo lo que escribí arriba no deja de ser, más o menos, una trola. Y eso que lo mastiqué hace apenas una hora. El río llevaba agua y había luna llena. Y la gente está absorbida y apelmazada con gran estrépito en otro lugar de la ciudad por las putas procesiones. Eso es verdad. Lo demás es novela. También afirma la gran Svetlana que nos morimos “sobre la marcha”. No hay nada que no hagamos sobre la marcha aunque creamos lo contrario. Si pudiéramos detener el tiempo —objeto de estas carrerinas— para pensar y ejecutar nos pararíamos a los tres años y seguiríamos eternamente estirándonos el pito. Cito mucho a Svetlana, todavía asombrado de que le hayan dado el premio Nobel de Literatura —o un premio cualquiera— a una escritora excelente. Además, periodista; primera vez que ocurre y hecho sobre el que el resto de los periodistas del mundo han callado y siguen callando —incomprensiblemente— como zorras.









martes, 15 de marzo de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. La foto de carnet de Dorian Grey

15 de marzo de 2016

Aperitivo, del latín aperire —como abrir, abril…—. Siempre he considerado esta palabra la más bella del idioma español. Otros eligen amor o nefelibata o resiliencia. Yo, no. Aperitivo, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía; la boca emprende un viaje de cinco pasos desde la cara de tonto de la ‘a’ hasta los morritos del ‘vo’. A. Pe. Ri. Ti. Vo.

El diálogo con el espejo de un adolescente o de un hombre de mediana edad —yo soy todos los hombres de mediana edad y soy de mediana edad porque ahora vivimos cien años, ¿qué pasa?— es muy similar. Básicamente un perplejo ‘cómo puedes hacerme esto a mí’. En el reflejo aparecen cosas indeseables, las proporciones no encajan… el individuo del cuarto de baño no es el despreocupado y joven atleta con el que convive uno el resto del día. Esta dismorfofobia —o, más bien, imaginofilia— puede llevarse con dignidad o desesperación. Según la paciencia de la que se disponga. Mes y medio de ponzoña, atiborración y empocilgamiento. Pero se acabó. Oh, sí. Hoy en el crepúsculo salgo a correr. Hay novedades: alguna fachada limpia, algún cemento reciente… En olores, los mismos: leña, gasolina y, curiosamente, marihuana más allá del Puente de los Leones. Siempre. Supongo que en los bares de juventud —como les decían mis ancestros a los de fumar porros— ahora habrá aromas de césped, mierda de perro y fango.










lunes, 1 de febrero de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. León en invierno

31 de enero de 2016 León en invierno




Cuando salgo a correr trato —además y al mismo tiempo—  de no comer ni beber. Es un triple desafío. Mi particular Ironman. Esta combinación de meneíllo con inmovilidad, de ritmillo sin ingesta intenta —sin conseguirlo— equipararse a la alta vibración permanente que explica —ejem, perdón— la física cuántica. Nada se está quieto. Aunque yo deba estarme quieto a veces y no ir al frigorífico. Ni al supermercado. Esto de ahora quieto, ahora corre más que a la teoría de cuerdas recuerda a las torturadas bestias de los circos.





1 de febrero de 2016 Illuminations o Is that all there is?



El dios de la mecánica universal me escucha y, el muy cachondo, me inmoviliza. Mal. Tengo que dejarlo a los siete minutos porque me duelen —mucho— las piernas. No lo entiendo. Es absolutamente imposible que sea sobreentrenamiento. Es como diagnosticar coma etílico a alguien que se haya tomado dos mostos. Empiezo a envidiar cuerpos, pero no el aspecto. El interior. Esponjosos y aterciopelados pulmones, bombeantes ventrículos, poderosos páncreas, afinados tiroides, tensos vasos y capilares, firmes y nervados ejes hipotalámico-hipofisario-adrenales…



En esta ciudad, ya lo he escrito más veces, de noche está muy oscuro. Las zonas de sombra crecen al ritmo de nuestra indigencia. Veo a algunos corredores con dispositivos luminosos, bien es cierto que más para ser vistos que para ver. Al primero que distingo —con una luz anaranjada dirigida a… ¡su propio rostro!— es al político Marcos Barazón, mano o uña derecha de la occisa Isabel Carrasco y alcalde por aclamación en su pueblo. Imputado por —a ver si me acuerdo de todo—: negociaciones prohibidas a funcionarios, prevaricación, cohecho, tráfico de influencias, fraude y revelación de secretos (?) Corre que se las pela. Como si tuviera un motorín. ¿De qué trata de escapar? ¿De la humana justicia? ¿De su turbio pasado? ¿De su incierto futuro? No sé. Trato de desentrañar la información o leer las señales que me dan estos ratos y no llego a ninguna conclusión. Quizá no la haya.
Hoy, también, los perros me ladran; lo que no me había ocurrido nunca.










miércoles, 27 de enero de 2016

La obligada compañía del corredor en círculos. Nuncas serás Pla



19 de enero de 2016 Yo expío

A pesar de mis reticencias morales sobre el exclusivo objeto de estos textos cierta preocupación porque la barriga doble hacia dentro en vez de hacia fuera cuando me siento y de que los encuentre narcisistas y banales, cada poco vuelvo a la primera página de este prontuario. Hasta en las sensatas admoniciones: mi mujer, en cuanto me ve en mallas, me advierte muy seria sobre la angina de pecho. No es partidaria. Que no me precipite*. En total: me ruega que no me proporcione una a mí mismo con estas bobadas. Gracias, amor.

Tengo cuarenta y nueve años. Peso noventa y cuatro kilos. Mido uno ochenta. Este martes, después de no hacer ejercicio sistemático desde hace… casi dos meses etcétera, vuelvo al espejo. Lo de entrenar o quererse a uno mismo, estar en forma o sentirse bien es peligrosísimo. Afortunadamente, esta inercia criminal hacia la dicha se puede detener sin esfuerzo. Lo hago cada poco.



En efecto cumplí los cuarenta y nueve, se dio término —aunque sigue sin rematarse— a la cocina, pasé la Navidad —parte de ella, aunque nadie me creyó, enfermo—, hubo unas elecciones generales —en las que, según parece, no salió elegido nadie— y el día uno de enero a las once de la mañana estaba nadando. ¡Nadando! ¡El día de Año Nuevo! ¡Y luego me di un baño turco! Frené esta deriva o pendiente, como digo, de forma inmediata tomándome una gran cerveza con gaseosa. Hasta el día de hoy. Han sido dos meses de gran necedad y despilfarro. Vuelvo a la helada tiniebla de la ribera bernesguiana: no hay cambios. Sólo soy un poco más viejo, un poco más deforme, un poco más pobre, un poco más triste, un poco más cobarde. Como la ciudad.



*Supongo que habrá más esposas suplicando a sus maridos que se esperen un poco cuando les dicen que se van a correr. Véanles o no en leotardos. Sicalíptica gracieta que pongo para compensar lo del acto perlocativo que va después.



Excelente fotografía (del gran José Ramón Vega). Pero ese tumefacto individuo que me mira no soy yo. Yo soy un joven pálido y delgado. Joder. Lo era ayer mismo. Eso sí, no tenía el tremendo recto superior que se ve en la imagen (es el bulto como de futbolista de la parte superior del muslo izquierdo).



20 de enero de 2016 Niño del jueves o El visitante nocturno



“…España es el carro de heno de Brueghel/Bosco. Se ven algunos calaverones con guadaña, pero lo que hay es heno, mucho heno. Del heno vamos comiendo”.

Maradona. Columna en El País. Francisco Umbral.



"Me las puse y sentí que viajaba
que las chicas eran todas mis esclavas
me las puse y el dinero me sobraba
y el tiempo de mi vida no pasaba"

Mis gafas. Orquesta Mondragón







“No me bendiga al parejo que a mis cabras”

Simón el estilita. Luis Buñuel






“Monday's child is fair of face,

Tuesday's child is full of grace,

Wednesday's child is full of woe,

Thursday's child has far to go,

Friday's child is loving and giving,

Saturday's child works hard for a living,

But the child who is born on the Sabbath day

Is fair and wise and good in every way”.

Nursery rhyme. Traditional





"Lo que no se puede es andar poniendo citas a lo bobo".

Ensayos. Miguel de Montaigne





No hay nadie en casa cuando salgo a las siete y media de la tarde —noche cerrada, frío intenso—. No hay nadie, ni he hablado con nadie después, cuando vuelvo. Corro por el suelo helado en paralelo al río negro y brillante, sin sombra. La impresión es de que me estuvieran desplazando un enorme telón oscuro y yo estuviera quieto —tampoco es que me mueva muy deprisa—. La experiencia, recordada luego, resulta alucinada y onírica. Me recuerda a la película sueca El visitante nocturno (Papegojan, Laslo Benedek. 1971). Lo que me recuerda que todo me recuerda siempre a algo. Es tediosísimo. Sé que la lengua es un sistema de citas*, pero un sistema de citas sobre un sistema de citas resulta monótono. Y da sueño. Quizá debería hacer estas cosas por la mañana. Antes de la piscina. Y del baño turco. Juá.


*La apertura semántica intertextual que se produce en los ensayos con las citas es comparada por Arenas Cruz con la apertura sintáctica propia del género, y ambas tienen como fin una respuesta perlocutiva** “En el ensayo es muy interesante la evocación intertextual de carácter semántico que muchos fragmentos implican al constituirse muchas veces como ‘observaciones’ respecto a otro texto. Así, las citas, sentencias, pequeñas narraciones, fragmentos de pensamientos, ejemplos, etc., aunque no despliegan todas sus posibilidades explícitamente en el ensayo donde aparecen siguen trabajando subterráneamente en la mente del lector”. (María E. Arenas Cruz, Hacia una teoría general del ensayo. Construcción del texto ensayístico, p. 439)

**
Según el filósofo británico J. L. Austin, al producir un acto de habla, se activan simultáneamente otros tres (actos): 

Un acto locutivo (el acto físico de emitir el enunciado, como decir, pronunciar, etc.). Este acto es, en sí mismo, una actividad compleja, que comprende, a su vez, tres tipos de actos diferentes: 

acto fónico: el acto de emitir ciertos sonidos; 
acto fático: el acto de emitir palabras en una secuencia gramatical estructurada; 
acto rético: el acto de emitir las secuencias gramaticales con un sentido determinado. 

Un acto ilocutivo o intención (la realización de una función comunicativa, como afirmar, preguntar, prometer, etc.) 

Un acto perlocutivo o efecto (la (re)acción que provoca dicha emisión en el interlocutor, como convencer, interesar, calmar, etc.)
 ***

***
Cuando leo estas… cosas
siento un enorme alivio. A veces creo que soy más tonto que los demás. Pero, no. Joder —¡acto fónico y fático!—. Lo que soy es bastante menos pelmazo.









22 de enero de 2016
Un artista del hambre


Estoy harto de mí mismo. Corro yo solo y luego vuelvo a casa y comento lo que me parece esa solipsista experiencia. Preparo un libro. Un libro mío. Un libro de viñetas. Comentadas. Así que tengo que leer mis propias opiniones y escribir sobre ellas. Las encuentro obvias y tontorronas. Me dan ganas de insultarme. Me parece que no pinto, dibujo, diseño, digo o incluso galopo más que tonterías. No, no tengo la autoestima baja. Debo ser el único que la tiene calibrada. Ignoro cómo soportan los famosos hablar de sí mismos y sus monadas todos los días, todo el rato. No me extraña que se atiborren a productos. La alternativa sería darme a los demás. Miro lo que afirman o publican mis contemporáneos. Dios santo.





24 de enero de 2016
Los accidentes del verbo



Los domingos, por su condición de domingo, no permiten ni descansar ni hacer. Se les puede esquivar o asfixiar, esperando que la vida y los objetos vuelvan el lunes. Eso es todo.







26 de enero de 2016
Nunca serás Pla

No adelanto a nadie. No adelgazo. No corro más ni más tiempo. Ayer cené cuatro zanahorias. Y anteayer, dos. Me va a dar un ictus. Mañana la lío.













martes, 24 de noviembre de 2015

La obligada compañia del corredor en círculos. Mountain Of My Misgiving

24 de noviembre de 2015



Thomas Mann no permitió que sus masivos diarios fueran publicados hasta veinte años después de su muerte. La expectación con que se revelaron se transformó en incredulidad primero y yo creo que en hilaridad con el tiempo. Resulta que el monumental señor anotaba y describía con menos precisión la convulsa Europa que se desangraba en dos guerras que sus descargas seminales o sus deposiciones. Para mí resulta perfectamente comprensible: una persona que se toma tan en serio a sí misma ve en su vida y actos —y deposiciones— no ya el reflejo sino la causa de todo. Tampoco podemos exigir perspectiva histórica a alguien resuelto a que algo tan banal como escribir se convierta una tarea mortalmente seria. Sobre todo si cree formar parte de la misma historia. La peana no suele sentir —ni se le pide— admiración por la estatua que sostiene. La idea de que los actos diminutos o cotidianos puedan ser admirables o monstruosos o que, sencillamente, no haya ninguna otra cosa, constituye toda literatura. Los viajes de Ulises terminan cuando ve a su perro y don Quijote se muere en su cama.


Me gustaría cincelar paisajes morales y extraer conclusiones heroicas de mis trotamientos, pero consigno que al final el lavavajillas no estaba estropeado, que yo no tenía ninguna caries y que he corrido —por fin y al tercer día— media hora. Los cabrones de Ikea, eso sí, siguen sin dar señales de vida.







La obligada compañía del corredor en círculos. A good man is hard to find

23 de noviembre de 2015 



Siguen sin acabar la obra y el lavavajillas, que ya teníamos y que se supone no hacía falta cambiar, se une a la fiesta e inunda la cocina. Perdemos cuatro cero en casa contra el Barça y mañana tengo hora en el dentista. Dentro de una semana es mi cumpleaños. Luego está lo del dinero. Mi dinero. Me pareció verlo dentro del bar, bronceado y delgadito, muerto de risa. Ni me saludó.

No sé qué pulsión impele a competir a la gente entre sí. Yo salgo a correr contra estas pequeñas puñetas, estos contratiempos enanos.






domingo, 22 de noviembre de 2015

La obligada compañía del corredor en círculos. De amore o Educatio principis

22 de noviembre de 2015

Cambio de cocina con gran jaleo de escombro e interminable cabalgata de fulanos negligentes o fantasmagóricos. Yo creo que esto de las obras es ya un género literario. Mantengo una relación con los operarios —fontaneros, técnicos, electricistas, albañiles…— que resulta en todo similar al amor cortés. Yo sería el caballero que, paseando nervioso por adarves y barbacanas, espera —y obtiene— desdenes y silencios del fementido montador —por ejemplo— que, con su desnuda cabeza puesta en otros amores y castillos me desprecia y se muestra inalcanzable. En estos requiebros se pasa el mes y por eso no he salido a dar brincos —o esa disculpa me pongo­—: Por las bellaquerías de tan degrasdecidos braços que aguardo quexoso y congoxoso. Luego querrán su galardón. Los hijos de puta.

Nota gimnástica: Corro muy poco, pero sudo. Lo que, a un grado bajo cero, no es poca cosa.

Nota consistorial: El Ayuntamiento de León ha cambiado levemente de uno estúpido a uno estúpido pero un poco más activo, lo que ya ha provocado más de una y más de dos tumoraciones urbanísticas. Como una rotonda del diámetro de una rueda de camión y la entrada a un aparcamiento más grande y alta que el aparcamiento mismo.


Nota fluvial: Al volver de mi recorrido norte-sur cambio de orilla y me veo obligado a dar la vuelta porque están torturando y propiciando otra angina al Bernesga que ya sólo tiene en parte de su recorrido por la capital una única —llamémosla así— manga. Si lo encogen un poco más lo pueden meter en una tubería. Véase nota consistorial.